El amor por las raíces

Por Raúl Courel
Para LA NACION

Sábado 21 de diciembre de 2002 | Publicado en edición impresa 

IDENTIFICAMOS a la patria con el suelo que nos vio nacer, enriquecido con la significación que le asigna la raíz que comparte con la palabra padre. Por eso, antes que a la madre tierra, fuente y sostén de la vida, patria refiere a la raza y al linaje y, por ese lado, al arraigo y a la herencia. Es entonces parte de un legado, sólo que no es comerciable. De allí que el deshonor que se endilga con el mote de vendepatria consiste, antes que nada, en tratar como mercadería algo que no lo es. La patria, si se quiere, es el sello de origen, es la marca

Eso va con el nombre: Fulano de Tal, argentino, un metro ochenta... Es estar definitivamente señalado. Imposible cambiarlo. Quien emigra puede adoptar otra nacionalidad, desdeñar la primera y hasta negarla, pero no podrá suprimirla. Por esta razón, es difícil que la tirria o el resentimiento de un conciudadano con el país no retornen contra sí mismo en algún punto de su psicología.

El amor a la patria, en verdad, es la afición que se vuelca sobre lo que lleva nuestro mismo sello: el que dice "argentino". El apego al terruño, el que evocaba Guillermo Enrique Hudson en su Allá lejos y hace tiempo , es otra cosa, es su nostalgia. El exiliado no extraña el suelo que pisa sino aquel que quedó atrás, así como el sentimiento de amor es más vívido en la ausencia del destinatario que en su presencia. Del mismo modo, el llamado "amor a la patria", si de sentir se trata, puede ser más sentido por quien está en el extranjero que por quien no lo está.

Pero el asunto, propiamente hablando, no es de geografía. Se puede tener la cabeza en Caballito residiendo en el Bronx. Es el caso, por ejemplo, de quien se fue y muere de añoranzas; también el de aquel que no quiere saber más nada de lo que dejó, pero con tanto empeño que acaba viviendo con una parte allá y otra acá. Otros no se van porque piensan como si ya se hubieran ido. Algunos critican los vicios de esta sociedad como si hubieran estado en otro país, sin tener parte alguna en la construcción y sostén del nuestro.

No se trata, sin embargo, de que el destino resulte anudado al origen de tal manera que la única opción sea la prisión o la fuga, del mismo modo que para ser diferente del padre no hace falta cambiarse el apellido. Seguro que es posible situarse en un lugar distinto de aquel en que se está parado. Manu Dibango, separado de Africa por el rock, expresaba: "Soy un hombre de mi siglo, no olvido mis raíces, pero tampoco las busco como si las hubiera perdido". ¿Será nuestro caso?

La cuestión es qué hacer con ellas, nuestras raíces. Una de dos: o creemos que son las mismas que las de nuestros males o no lo creemos. En el primer caso, para arrancarlas habrá que nacer de nuevo; en el segundo, en cambio, será mejor echarlas más profundas y fuertes. Después de todo, no hay árbol de copa ancha que no tenga raíces grandes.

El autor es psicoanalista y fue decano de la Facultad de Psicología de la UBA.