LA NACION

Opinión

Por Raúl Courel
Para LA NACION

Lunes 20 de mayo de 2002 | Publicado en edición impresa 

EL infortunio que ha caído sobre la Argentina parece dar razón a la ironía de Jacques Prévert cuando decía que "el Ministerio de Economía debería llamarse de la Miseria, pues al Ministerio de la Guerra no se lo llama nunca de la Paz". Tanta y tan lamentable sumisión de los hombres a las políticas económicas nos recuerda la que pinta Albert Camus en su magistral tragedia Calígula .

Allí, con el criterio de que lo primero es el tesoro público, el César dispone que todos los patricios deshereden a sus hijos y testen a favor del Estado. A renglón seguido, para satisfacer las necesidades económicas generales, resuelve que se haga morir, en orden aleatorio, a cuantas personas convenga. "Esas ejecuciones -observa el tirano- tienen todas la misma importancia, lo que demuestra que no la tienen", para agregar enseguida: "Si el tesoro tiene importancia, la vida humana no la tiene. [...] La vida no vale nada, ya que el dinero lo es todo".

Así como la caridad no alimenta las arcas de ningún Estado, tampoco es aquí el amor el que iguala a los súbditos del imperio. Ni siquiera lo es el odio. Estas emotividades no sirven para equiparar nada; por el contrario, diferencian y discriminan, simplemente porque separan al objeto de amor o de odio de los demás. Es la economía, cuando se reduce a pura lógica y cómputo, la que corta a todos con la misma tijera.

El problema de que la economía quede encerrada en esta lógica impasible es que no puede supeditarse al logro de felicidad alguna, ni siquiera a la de vivir; por eso es identificada por Camus con el mal, un mal anónimo y frío, legitimado por el rigor de la razón, más allá de sensiblerías como el amor o el odio. "Yo he decidido ser lógico -asevera el emperador- y como tengo el poder, veréis lo que os costará la lógica." Afirma también: "La seguridad y la lógica no marchan juntas".

Calígula, que se considera a sí mismo "puro en el mal", no es un simple loco. ƒl aplica, en verdad, la lógica económica que convence a prácticamente todo el mundo. Lo hace, eso sí, sin concesiones, avanzando sin vacilar hasta las últimas consecuencias. "Las cosas -dice- no se consiguen porque nunca se las sostiene hasta el fin." No faltan en nuestros días economistas que suscribirían estas mismas palabras. El problema, no obstante, es la real y absoluta imposibilidad de llegar al final, puesto que conlleva necesariamente la destrucción de todo, incluyendo al actor principal.

El Calígula de Camus se queja como el hombre, que sufre porque "las cosas no son lo que deberían ser", a diferencia de las mujeres, que penan porque el amor nunca alcanza. De espíritu moderno, él no se acomoda a lo factible de este mundo, en el que "los hombres mueren y no son felices". Si lo posible no alcanza, es lógico pedir lo imposible: "Necesito la luna -expresa- o la dicha, o la inmortalidad, algo descabellado quizá, pero que no sea de este mundo".

La conclusión de Calígula es obligada: "La utilidad del poder es dar oportunidades a lo imposible", aunque en ello nos vaya la vida. Si de eso se tratara, y si fuera cierto que los gobernantes contemporáneos sólo van por los carriles que les traza la lógica usual de los economistas, es probable que estemos perdidos. En este caso, habrá que esperar el resultado, previsible, de confiar las ovejas al lobo.

El autor es decano de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.