De la dicha y el deleite glotón

Por Raúl Courel
Para La Nación

Sábado 9 de octubre de 1999 | Publicado en edición impresa 


Las proyecciones estadísticas sobre la obesidad en el llamado Primer Mundo anticipan que en el próximo siglo el porcentaje de "gordos" será significativamente más alto. La bulimia tal vez camine a ser algo más que una psicopatología de moda y se eleve a la categoría de un rasgo cultural que, quién sabe, contribuya a cambiar nuestros parámetros de belleza. Dentro de treinta años, las formas redondas y voluminosas podrían ser señales de hermosura. Entonces Miss Universo ya no pesará sesenta kilos sino ciento, y no medirá 90-60-90 sino que el perímetro de su cintura superará bastante el metro. Habrá, eso sí, que comer desaforadamente durante dos o tres generaciones.

¿Podrán las recomendaciones médicas detener esta tendencia? Hasta ahora no tienen el éxito esperado, aunque se redobla la difusión de los peligros que la gula representa para la salud. Que el trabajo es demasiado sedentario, que las dietas son demasiado dulces, que se ingieren más grasas que las que se queman, la gente lo sabe y se propone gimnasias y regímenes que, en la mayor parte de los casos, agrandan la lista de obligaciones semanales. Para resarcirse no hay medio más fácil que ... ¡una buena comida!, siempre al alcance de la mano, no demasiado cara ni difícil de encajar en una agenda abultada: la hora de comer siempre es respetada.

Están, además, el desayuno, el almuerzo y la cena de trabajo. El domingo es para compartir con los amigos un buen asado. La pregunta es si allí la principal satisfacción consiste en la conversación o en la ingestión masiva de calorías.

Dieta de silencios, hambre de nada

Banquetes como el que relata Platón o el absolutamente único que narra Kierkegaard, o como el de aquel bello film titulado La fiesta de Babette no son comilonas. En ellos lo que está sobre la mesa son dramas humanos esenciales, y lo que entonces sucede no resulta de indicaciones higiénicas para los biorritmos sino de la atención a lo que cada participante tiene de sustancial para decir a los demás. Allí hace falta más la lengua que el diente, y la oreja, más que el abdomen.

Es probable que la bulimia esté antecedida, en la mayoría de los casos, por una dura dieta de silencios. Pero hablar y ser escuchado no es simple asunto de parloteo o charla, sino de quién es quién para quién. Cuando los comensales no son los debidos, la mayor satisfacción proviene del menú, pero con la condición de no entender que lo que se busca es, en verdad, otra cosa.

Algunos no son dúctiles en reemplazar el habla y la escucha por la manducación y, si no encuentran los medios para darse el gusto, pierden el apetito. La anorexia, envidiada por los rechonchos, no implica, sin embargo, pasarla bien. Los psicoanalistas la interpretan como "hambre de nada", que, como es lógico, por más que se la saboree, es bastante insulsa. Los inapetentes extremos suelen ser tozudos viscerales que dejan sin sustento ya no al cuerpo sino a las ansias del espíritu.

Interesante civilización la nuestra, que, a falta de alimentos adecuados para embelesar el alma con el mínimo indispensable, los reemplaza, marketing mediante, con vituallas que inflan las arcas de los supermercados no menos que las barrigas. Los que no comen, que son los menos, nos recuerdan que la receta de la dicha, no del deleite glotón, todavía no está escrita.

El autor es profesor de psicoanálisis y decano de la Facultad de Psicología de la UBA.