Fronteras y barreras culturales

Por Raúl Courel
Para LA NACION

Miércoles 14 de noviembre de 2001 | Publicado en edición impresa 

Cuanto más extenso es un imperio más vulnerables son sus fronteras. Pero, ¿qué sucede cuando su geografía es toda la tierra, como resulta en nuestra globalizada sociedad de mercado, supuestamente libre, capitalista, desarrollada en los cánones de la ciencia moderna y mediante las tecnologías de ella derivadas? Es probable que en este caso las fronteras que cuenten no sean las que nos separan del mundo exterior, finalmente la galaxia, sino las interiores. Pero estas últimas no son propiamente geográficas sino culturales.

Como los "objetos" culturales no están a la vista de gendarmes, cuando las fronteras que importan no figuran en el mapa, imperar deja de ser cuestión de control aduanero o policial. El principito de Saint-Exupéry, el que repetía que lo esencial es invisible a los ojos, provenía de un planeta apenas más grande que una casa, es decir: de aquí mismo. No es una mala metáfora: la estratosfera queda en el barrio.

Tras la desaparición de la Unión Soviética, se extienden sin límites por todo el globo las mismas reglas económicas y también un importante conjunto de pautas culturales de la cosmovisión llamada "occidental", pero no todo lo que había en el planeta ha sido asimilado por ella. El islam es un caso paradigmático. Si bien Estados Unidos se muestra apto para imponerse sobre los países árabes en materia económica y militar, ¿es capaz su cultura de absorber cabalmente la musulmana u otras que no participan plenamente del "sueño americano"? Está por verse.

Diseños básicos

Occidente conserva su apego a la idea positivista de progreso, en la que no hay dudas sobre la conveniencia de que la ciencia reemplace a la religión como fuente confiable, e inagotable, de bienestar. No es eso lo que piensa el talibán, que considera una calamidad amarrarse a los deleites del mundo de los infieles. La virulencia fundamentalista brama que esta civilización satura a la humanidad con fruslerías que el capitalismo tecnológico necesita producir para vender. Pero el brío musulmán suena a destiempo en un mundo en el que el cristianismo ha venido cediendo banderas desde hace siglos y en el que ya no parece exigible la fe en el padre para que el self made man llegue al éxito. No es seguro, sin embargo, que el islam no defienda idiosincrasias del ser humano, no menos firmes y resistentes que intangibles, que la cosmovisión occidental no sabe reconocer.

No es sólo cosa de religión. Mientras el anglosajón construye industrias haciendo weberianamente las cuentas con la numeración decimal, arábiga, el árabe, que aprendió a calcular antes, forja una arquitectura distinta. Es probable que los problemas principales de Occidente y sus soluciones deban plantearse no en términos militares sino culturales. La buena política internacional deberá en tal caso revisar sus diseños básicos. ¿Será eso posible si los gobernantes son genuinamente cultos?

El autor es decano de la Facultad de Psicología de la UBA.