Diario LA NACION

Opinión

Irak y la pregunta de Hamlet

Por Raúl Courel
Para LA NACION

Miércoles 5 de mayo de 2004 | Publicado en edición impresa 

La rebelión chiíta en Irak contra la ocupación tiene raíces cuya eliminación es mucho más que difícil. Este pueblo no corre a fabricar una república como la que querría la coalición, entre otras razones, porque el islam no ha digerido la laicidad de las democracias occidentales, como sí han hecho el judaísmo y el cristianismo. Estos, además, han venido asimilando durante más de tres siglos los desarrollos de la ciencia moderna y se han acostumbrado a que las justificaciones de las decisiones de gobierno sean científicas antes que religiosas.

Han quedado atrás los tiempos en que la iglesia de Roma sujetaba a los estados invocando la unción divina del príncipe, o que necesitaba quemar en la hoguera a aquellos que, como Giordano Bruno, se permitían concebir el mundo sin el dogma de la fe.

Las ciencias, a su vez, se encuentran muy cómodas desentendiéndose de los asuntos a los que tanto el cristianismo como el judaísmo hoy se circunscriben. El orden político ha de basarse finalmente, como ahora veremos, en razones... matemáticas.

Aunque hacer matemáticas no sea siempre medir, la medición se ha convertido en fuente privilegiada de certidumbres en los más diversos campos de la cultura, incluyendo a la democracia republicana. Tal vez por eso se piensa que en las sociedades modernas el sufragio universal es indispensable para resolver los mayores desacuerdos. El mecanismo consiste en una contabilidad exhaustiva de las voluntades, que se hace posible igualando cada una de ellas a un voto. La cosa funciona desde que la sociedad acepta conceder a una cuenta bien hecha el valor de última palabra.

El sueño de computarlo todo acompañó a la ciencia moderna desde su nacimiento, pero ha encontrado límites intrasponibles dentro de la misma matemática.

Ya en 1931, Kurt Gšdel demostró, en un teorema que lleva su nombre, que un sistema teórico no podría ser completo sin caer en la inconsistencia. Ultimamente, el matemático Gregory Chaitin, estudiando el campo informático, demostró la existencia de hechos matemáticos que escapan al razonamiento formal de la matemática pero que, sin embargo, son verdaderos, ¡por accidente!

Desde la economía o la psicología a la misma física se han encontrado incertidumbres insuperables para el pensamiento matemático. El fisicomatemático Roger Penrose, por ejemplo, subraya que el concepto matemático de magnitud infinita, que forma parte de la teoría de la relatividad, priva a la física de la consistencia a la que nos habíamos acostumbrado. Esta, en efecto, puede admitir magnitudes inmensamente grandes o inmensamente pequeñas, pero no infinitas.

Si bien Einstein decía que Dios no juega a los dados, confiando en que siempre será posible descubrir razones matemáticas donde no parecen haberlas, los físicos y matemáticos contemporáneos tienden a pensar que Dios no sólo juega a los dados, sino que lo hace a cada rato.

Esta moderación de la confianza en los poderes de la matemática no se ha trasladado, lamentablemente, a la perspectiva de los principales gobernantes del mundo.

Estados Unidos creyó que manejaría el Irak de posguerra con la misma exactitud con que es capaz de acertar con un misil ahí donde pone el ojo, dándose de bruces con no pocos hechos que escaparon a sus cálculos. Ya no es sólo que el diablo mete la cola, si Dios mismo parece un jugador empedernido que no puede prever el resultado de sus acciones, ¿creerán los gobernantes de la coalición, menos divinos, que saben realmente hacia dónde está yendo el mundo? No se los escucha reflexionar sobre eso, aunque sí quejarse de que los iraquíes, pudiendo disfrutar de lo mejor eligen lo peor.

Sigue al orden del día la pregunta que torturaba a Hamlet en los albores de la época que vivimos: ¿cómo era posible que su madre, estando casada con un rey magnífico como su padre, se sintiera atraída por un ser tan abominable como su tío? Pero Hamlet tenía inquietudes distintas a las de la generalidad de los mandatarios actuales, él no se proponía sacar del medio a su tío traidor y así eliminar un obstáculo para gobernar Dinamarca.

Quién sabe, tal vez pensaba que Dinamarca no era menos difícil de gobernar que su madre.

El autor es psicoanalista y fue decano de la Facultad de Psicología de la UBA.