La ira de Dios

Por Raúl Courel
Para LA NACION

Viernes 4 de abril de 2003 | Publicado en edición impresa 

El semblante del presidente George W. Bush en sus conferencias de prensa recuerda la expresión del talentoso Klaus Kinski en el notable filme de Werner Herzog Aguirre, la ira de Dios . En esa ficción, un puñado de hombres lanzados a la empresa imposible de encontrar la ciudad de Eldorado es progresivamente diezmado por los indios en una ruta sin otro destino que la desaparición. No obstante, bajo el influjo de la pasión de Aguirre, declaran su independencia de España y la creación de un reino varias veces más extenso que el de la patria de origen. El personaje es el del conquistador llevado al límite de su sueño, que consiste, más allá de los propósitos de obtener riquezas y propagar su fe, en llegar a ser el amo, si no de todo, al menos el único. Pero no podrá, ni por asomo, gobernar esa tierra inabarcable que seguirá siendo para él una quimera. Eso es cabalmente perseguir un sueño, puesto que para tenerlo no es preciso que sea realizable. La satisfacción durará mientras el soñante no despierte.

El rostro que el recordado Klaus Kinski da a este Aguirre se ve más impávido que sereno y más cerca del éxtasis que del coraje. "Soy la ira de Dios y la tierra se hace a un lado para dejarme pasar", pronuncia, embriagado de certidumbre, cuando ya no hay retorno posible ni suelo seguro que pisar. Así ha de ser un conquistador que se precie: capaz de perseguir su ideal a costa tanto de la vida ajena como de la propia.

Si la conquista de Irak, de consecuencias mortíferas imprevisibles, puede ser prometida por el presidente Bush con tanta tranquilidad, es porque está justificada desde el vamos por el servicio que presta a sus más altos ideales. Nada impide, incluso, que despojar del petróleo a los infieles sea una bella acción. De ahí en adelante sólo se trata de no vacilar, de manera que preocuparse por las desgracias consecuentes es cosa de temerosos o de quienes apuntan a metas menores. ƒste debe ser el caso de Nicholas Kristof, columnista de The New York Times , que en una nota publicada recientemente por LA NACION señalaba que su gobierno podría destinar a la educación, o a promover los vehículos con motor a hidrógeno, los 100 ó 200 mil millones de dólares que costaría esa guerra. ¿Será ése un propósito demasiado modesto?

No sólo la voluntad de ir a la guerra ilustra la desenvoltura con que se desdeña la vida en pos de un ideal, cualquiera que sea éste. La conquista del espacio es otro caso paradigmático. La explosión de la nave Columbia puso sobre la mesa la dimensión de la tragedia: el ideal de llegar a las estrellas no puede supeditarse a la vida de estos u otros astronautas. Salvadas las distancias, se ve también en la economía: no es el anhelo de bienestar sino el ideal de lucro lo que mueve realmente al mundo, hecho congruente con que sea muy normal dedicar el dinero a ganar más dinero y no tanto a gastarlo en campañas para que nadie muera de hambre. Por eso, además, un gran tacaño bien puede ser un señor idealista.

Pulsión de muerte

Ya no es novedad que el progreso económico, tal como hoy es concebido, no sólo trae grandes provechos sino también importantes daños. Para sostener su estándar de vida, el mismo al que todo el mundo aspira, los Estados Unidos arrojan cada año a la atmósfera unos 1500 millones de toneladas de dióxido de carbono, que representan alrededor del 25 por ciento de las emisiones que han sido reconocidas como la principal causa de los cambios climáticos conocidos como efecto invernadero. La comunidad europea no se queda muy atrás. Excesivamente sujetos a las ideas imperantes acerca de qué significa progresar, los gobiernos están lejos de hacer lo necesario.

Hace casi un siglo, Sigmund Freud escribía una obra de título sugestivo: Más allá del principio del placer . Su concepto medular es el de una inquietante "pulsión de muerte", que refiere esta inclinación de los hombres, ausente en los animales, a hacer cosas no sólo opuestas a bienestar alguno sino atentatorias contra la vida misma. En aquel entonces, la idea de que puede ser un gusto inmolarse porque sí, por mera testarudez, se daba fácilmente de bruces con la joie de vivre propia de la belle époque . En nuestros días, desde que el centro de Nueva York dejó de ser un lugar suficientemente distante de cualquier campo de batalla, la ilusión de una vida tranquila y segura encuentra cada vez menos resguardo. La ira de Dios puede manifestarse en cualquier parte.

El autor es psicoanalista. Fue decano de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.