Diario LA NACION

Opinión


Matar y ser matado

Por Raúl Courel
Para LA NACION

Miércoles 19 de setiembre de 2001 | Publicado en edición impresa 

No habiendo declaración ni expectativa previa de guerra, cabe llamar homicidio a la muerte de esos miles de seres humanos que acaban de ser aniquilados en Nueva York. ¿Qué sucede en la psique de quienes son capaces de tamaña acción, que estremece de horror? Imposible saberlo a ciencia cierta sin escuchar a sus agentes, aunque podemos reconocer algunos patrones.

Se trata del asesinato de personas indefensas, ignorantes de que otros han tomado el destino en sus manos. Se destaca inmediatamente la simultaneidad del crimen con el suicidio. Un sencillo análisis gramatical deja advertir que el "sujeto" hace de otro "sujeto" el "objeto" de la acción de matar, y se vuelve prestamente sobre sí mismo para tomarse también como "objeto". En el suicidio, el sujeto es al mismo tiempo agente y objeto del asesinato.

Perverso mecanismo el que cierra el círculo de matar y ser matado, en el cual el actor se atribuye el papel de destino de una víctima obligada sin remedio a acatarlo, aunque sin librarse a sí mismo de someterse a igual suerte. Un designio mortífero e inapelable, del que ni él mismo puede escapar, parece habitar el mundo interior del terrorista suicida. Sumiso para matar y morir, es la docilidad al funesto comando la médula del aparente arrojo. La clínica psicoanalítica enseña que los hombres difícilmente escapan a la exigencia de dar ante sí mismos razones de sus actos, y es probable que estos agentes del terror encuentren en el deber de complacer, ya no al prójimo o a sí mismos sino al Dios más insensible, la justificación de la inmensa destrucción.

¿Qué es el "mal", el "mal" más inicuo, sino absoluta indiferencia ante la humanidad del otro? En este "mal" sin atenuantes no hay lugar para el amor ni el odio: es la ausencia de cualquier afecto que acompañe la distinción entre propios y ajenos la condición del daño más extremo. Esta fría malignidad que se apropia de los destinos tomando la forma de la muerte designa también la esencia del tratamiento que la guerra da a los hombres. No son las diferencias sino las "in-diferencias" las que igualan en el anonimato, una condición ineludible para lanzar a unos contra otros en las guerras, por ejemplo entre judíos y musulmanes. Pero no toda "guerra santa" es religiosa: las hay laicas santificadas por los mejores ideales, generalmente "los nuestros".

Solo a veces nos está dado entrever, descarnada, la terrible capacidad de destrucción del ser humano, que puede hacerse presente no solo en el lugar y momento más insospechados, sino también en el alma más advertida. Que cuando decrezca la montaña de dolor producido se recuerde que cada uno de esos miles de hombres y mujeres que ya no están era único e irrepetible.

El autor es decano de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.