Es un hecho que los atrasos de nuestro país en materia de educación no se solucionan de un día para otro. Harán falta varios años de trabajo perseverante en todos los niveles del sistema educativo para que nos encontremos en situación comparable, por ejemplo, a la de la mayoría de los países del hemisferio norte.
Es habitual que pensemos que el problema es económico. Entendemos, y con razón, que sin inversiones mucho mayores que las actuales no será posible progresar realmente. No obstante, hay medidas capaces de producir grandes beneficios sin demandar gasto nuevo alguno. Sólo bastaría claridad acerca de su utilidad y decisión política para implementarlas.
Por ejemplo: hay tres disposiciones muy sencillas y fáciles de hacer cumplir en todo el conjunto del sistema educativo, tanto público como privado, agrupado, para simplificar, en tres niveles: primario, secundario y universitario.
Ninguna restricción debería imponerse a los modos de cumplir con estas tres exigencias. Que los libros, mientras sean eso y no otra cosa, se elijan con libertad. Que los comentarios, mientras sean hablados o escritos en castellano, digan lo que cada alumno piense al respecto. Que los escritos universitarios, mientras sean pertinentes a la materia y respeten las normas aceptadas de presentación de textos universitarios, sean sobre temas elegidos con toda independencia.
No importa si en la escuela o colegio el alumno no lee en el año una sola página más que el libro obligado, o si en cada curso universitario el estudiante no agrega una letra más a las que entran en las cinco páginas, ni una referencia más a las tres irremediables. El impacto de estas medidas residiría precisamente en su cumplimiento universal, facilitado por la extrema simplicidad de su concepción, de su formulación y de su implementación.
El autor es decano de la Facultad de Psicología de la UBA