Diario LA NACION

No todo se cura con fármacos

Por Raúl Courel
Para LA NACION

Martes 30 de setiembre de 2003 | Publicado en edición impresa 

La ciencia y la técnica hacen maravillas. De la penicilina al interferón, del telégrafo a Internet, todo alimenta la idea de que ellas son el mejor instrumento para dominarlo todo. Gracias a los nuevos métodos de diagnóstico por imágenes y a otras tecnologías, se han reanimado viejas esperanzas de explicar las complejidades de la mente humana estudiando la fisiología y la bioquímica del cerebro. La empresa, sin embargo, ha empezado a tocar sus límites.

Stevan Harnad, un psicólogo de la Universidad de Southampton, en Inglaterra, subrayaba hace poco en la revista The Sciences el fracaso de las neurociencias en explicar la conciencia. Según este investigador, eso se debe a que no se ha resuelto el antiguo "problema mente-cuerpo", que se pone de manifiesto cada vez que se trata de relacionar objetos "mentales", como los pensamientos o los sentimientos, con objetos "corporales" o "físicos", como las neuronas o los procesos fisiológicos y químicos del sistema nervioso.

Estos últimos, dice Harnad, no son otra cosa que materia y energía, la misma con la que trabajan los físicos, los químicos, los biólogos y los ingenieros. Los objetos mentales, en cambio, no son corporales en el sentido de la materia y la energía. Posiciones como ésta reafirman el concepto de Descartes de que el pensamiento y el cerebro están hechos de sustancias distintas, contradiciendo el criterio monista que prima en la ciencia contemporánea.

Un filósofo de la conciencia, David Chalmers, ha hecho notar que el afán de concebir todo al modo de los físicos, los biólogos y los ingenieros ha llevado a construir una psicología no de sujetos sino de autómatas y zombis. El problema es que no alcanza. Una computadora, por más poderosa que sea, no puede hacer matemáticas: se necesita un matemático. Por otra parte, no hay en el genoma humano un cromosoma que explique la diferencia entre pensar un número imaginario y otro real, ni existe un resorte biológico capaz de despertar la fe religiosa o de lograr que un paciente colabore con su médico.

El deseo perdido

La doctora X, convencida de que las ideas no son otra cosa que procesos cerebrales, consulta sobre problemas en su matrimonio. Si bien como científica se inclina a creer que el amor de Romeo por Julieta no fue más que el resultado de un coctel de serotoninas, opiates y oxitocinas, no confía en que una droga pueda devolverle a su marido el deseo que antes sentía por ella y que ahora supone que destina a su mejor amiga.

El psicoanálisis, por su parte, ha venido tratando cuestiones que la neurobiología dejaba de lado o cuya consideración postergaba. Hace ya más de cien años, Freud rebatía la postura de que los sueños, llenos de imágenes incomprensibles, fueran el resultado de la actividad aleatoria de las células cerebrales, las neuronas. Demostró que cada uno de sus contenidos guarda relaciones identificables con el pensamiento consciente y con otros inconscientes y reveló la existencia de regulaciones más afines a las que estudian las disciplinas que se ocupan del lenguaje y no de materias físicas. Descubrió, asimismo, que las neurosis operan con mecanismos similares y que su cura no puede lograrse con químicos.

Un psicofármaco puede impedir que la pérdida de un ser querido nos tire al suelo de la depresión, pero no es capaz de hacer que sea una causa de alegría. Es que el significado de los hechos no procede de sustancias ni es modificable por ellas. Sí lo es, en cambio, mediante palabras.

Una palabra bien escogida puede cambiar un estado de ánimo en forma tan directa como una palanca que mueve un sólido, distinta a la lenta saturación de un tejido producida por una emulsión de laboratorio. En consecuencia, si bien sin cerebro no es posible tener pensamientos ni afectos, éstos no son la misma cosa que un proceso cerebral. Es una tranquilidad que así sea porque, entonces, cuando alguien se empeñe en convencernos de algo, no tratará de conectarnos sus terminaciones nerviosas con el propósito de que sus neurotransmisores migren hasta nuestro lóbulo frontal.

El autor es psicoanalista y fue decano de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.