Diario LA NACION

Un país de cultura convertible

Por Raúl Courel
Para LA NACION

Miércoles 6 de febrero de 2002 | Publicado en edición impresa 

Nuestra sociedad se ha complacido con la convertibilidad no sólo de su moneda sino de cuanta cosa valora, desviviéndose por hacerla y encontrarla parecida a sus similares del Primer Mundo. Cuando la presidencia de Carlos Menem vivía sus mejores tiempos, el cartel indicador que hacía de fondo en sus conferencias de prensa dejaba leer "Casa Rosada", remedando el propio de la Casa Blanca. La estética del gobierno de Washington no era cosa de desechar. Pero el afán de imitar viene de antes y está tan extendido que a nadie extraña que hayamos convertido los mercados en shoppings y las liquidaciones en sales , que las cabinas telefónicas sean más elegantes si vienen de Londres y que en vez de un "Centro del Diseño de Buenos Aires" tengamos un Buenos Aires Design Center .

El orgullo de hablar la lengua de Cervantes queda lejos de la confusión entre poseer un lugar respetado entre las naciones y preferir que los nombres de cualquier marca o comercio sean en inglés o francés. Se ve que el modelo que sigue la sociedad argentina está bastante más allá de cualquier riesgo de nacionalismo; por el contrario, ha identificado el progreso con dejar de lado todo aquello que suene a cabalmente criollo. Por eso muchos están seguros de que es mejor mandar los chicos a alguna school cercana al country , comprarse cualquier traje hecho en Italia o psicoanalizarse en París en lugar de hacerlo aquí. Y sigue la lista.

¿Qué piensa el extranjero de un país cuya cultura es tan manifiestamente copiona? Podría sucedernos lo mismo que a los vecinos del 3° "B", que eligen pintura, muebles y lugar de vacaciones, todo lo más parecido posible a los vecinos del 3° "A". Estos últimos ridiculizan estas imitaciones, que evidencian, según expresan, "falta de personalidad". ¡Triste lugar el de los vecinos del 3° "B", que, a pesar de desvivirse por lograr la simpatía de los del 3° "A", sólo recogen indiferencia y desdén!

La inteligencia dormida

Sin la libertad que exime de ser simulacro o calco de lo que no somos, falta el sostén de cualquier vida que merezca ser vivida con orgullo, y bien cabe también la expresión de Monlau: "Claro es que sin libertad no habría responsabilidad, ni, por consiguiente, moralidad en los actos".

Las primeras libertades que conviene tener son la de pensar con autonomía de criterio y la de tener gustos propios. Ambas son indispensables para construir un país único y singular, el nuestro, no uno que sueñe con parecerse a Estados Unidos, Francia, Canadá, España o Australia. Nada de esto es ajeno al desuso de nuestras fuerzas laborales, físicas e intelectuales, porque es difícil que los destinos de una nación vayan más allá de los patrones que siguen los anhelos de sus ciudadanos.

Nuestro país necesita liberar no sólo su moneda del dólar sino todo su ser de las inhibiciones y renuncias inducidas por la repulsa de sí mismo. Su inteligencia duerme desde hace años el sueño de la Bella Durmiente, a la espera del príncipe (es decir, del gobierno) que la despierte. Es posible que esta vez haya empezado a despabilarse sola.

El autor es decano de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.