Diario LA NACION


Tema libre / Raúl Courel

De pintores y dólares

La debilidad de Salvador Dalí por el dinero fue conocida. Sin embargo, según el autor de esta nota, al artista de Figueres lo movían otras aspiraciones. Principalmente, el placer de pintar

Domingo 21 de noviembre de 2004 | Publicado en edición impresa 

La creación de un objeto bello encierra satisfacciones que son independientes del mayor o menor precio que éste adquiere en el mercado, como bien saben pintores, músicos, cineastas, actores y literatos, sobre todo si son argentinos.

El gusto que da pintar, componer o escribir es distinto del de ver crecer la cuenta bancaria, y ambos difieren del que sienten el coleccionista de arte o el bibliófilo. Sin embargo, es habitual que modos tan variados de satisfacción coexistan en una misma persona.

Salvador Dalí era tenido por codicioso, a tal punto que André Breton le endilgó el apodo de "Avida Dollars", un anagrama de su nombre. El pintor no respondía con menor mordacidad: "Creo en el humanismo del trasero", le decía. "El oro exalta y trasciende al hombre." Pero quien ensalzaba así el valor del dinero no era un negociante de oficio, sino un artista absorbido por la pasión de crear.

Conocido por sus manifestaciones extremas, Dalí era considerado más un excéntrico que un derechista. Por eso no sorprendía que se proclamara al mismo tiempo "anarquista, monárquico y contra la sociedad de consumo", según relata Gómez de Liaño. Ni que le diera el título de La apoteosis del dólar a su obra de mayor tamaño. No obstante, el inmenso trabajo que le había insumido la factura de ese cuadro descomunal muestra en qué volcaba el grueso de sus energías.

Se ha dicho también que la moneda norteamericana no era para Dalí sino un tema más al servicio de su verdadero anhelo: lograr una belleza perfecta y universal; la misma que buscaba, por ejemplo, a través del uso de la regla renacentista de la divina proporción, como en la perspectiva de su Cristo de San Juan de la Cruz, uno de sus cuadros más famosos.

Eso no impedía que la obra fuera considerada otro producto de una desmedida ambición de comerciante. Algo similar se atribuía a su contemporáneo Pablo Picasso, que llegó a amasar una importante fortuna y que a menudo era tildado de avaro.

De todos modos, los rasgos que mejor describen a estos artistas, que se ocupaban más de hacer arte que de llevar la cuenta de sus bienes para asegurarse de que no faltara ninguno, no parecen ser la avaricia ni la codicia. Si se presta atención, un avaro que se precie de tal ha de ser un fiel cumplidor de la recomendación de "acumular y no gastar", que es la misma que se suele dar para tener una economía sana.

Esta petición de abstinencia, mezcla de mandamiento y norma de higiene, no podría ser mejor escuchada que cuando el placer de acumular ha sometido a todos los demás. El mecanismo psíquico por el que se produce esta restricción ha sido llamado "represión" por el psicoanálisis, que lo ha reconocido, además, en la raíz del malestar que ve extenderse en la civilización contemporánea.

El mito del rey Midas, condenado a transformar en oro todo lo que tocaba, ilustra la desgracia a la que conduce la creencia de que el único valor que finalmente cuenta es el traducible en dinero.

Los artistas muestran que el ser humano puede hacer cosas que le procuran satisfacciones con independencia del precio que aquéllas puedan alcanzar en el mercado.

De otra manera, Dalí no habría expresado: "Sí, cuando duermo y pinto babeo de placer. Es innegable que todo buen pintor babea". Hay razones para creerle. Si Dalí hubiera sido el rey Midas habría acumulado aburrimiento y angustia, además de dólares.

El autor es psicoanalista y ensayista; fue decano de la Facultad de Psicología de la UBA