Diario LA NACION

Los políticos no tienen ganas de leer

Por Raúl Courel
Para LA NACION

Viernes 18 de enero de 2008 | Publicado en edición impresa 

Café de por medio, un amigo, profesor de la universidad, me contaba que un dirigente estudiantil le había pedido su opinión acerca de un viejo líder político al que seguía a pie juntillas. La respuesta había sido directa: “Siempre admiro las lecturas que ese hombre hace de lo que sucede en el país. Son muy lúcidas y es evidente que ha tenido una muy buena escuela y que dispone de óptimas herramientas de análisis. Lástima que no se las haya transmitido a la nueva generación y que no haya formado discípulos capaces de pensar por sí solos con igual riqueza”.

El joven, con la expresión de alguien que acababa de hacer un descubrimiento, había guardado un prolongado silencio.

Coincidimos en nuestra charla en que los militantes suelen repetir eslóganes, de manera que la conversación derivó sobre cuáles serían las fuentes de sus ideas. No íbamos a quedarnos con que nacen de la nada o que no necesitan cultivo. Es claro que para interpretar los hechos de este mundo y decidir qué pasos conviene dar es preferible prepararse adecuadamente, a menos que se crea que es mejor hacer lo primero que a uno se le antoja.

“Los intérpretes son cosa seria”, dijo mi interlocutor, saltando a otro tema. “A veces traducen como les da la gana, y no quiere decir que se equivoquen. Lo hace notar Carlos Fuentes cuando cuenta del conquistador español que instruía al lenguaraz: «Decile al indio ese que lo quiero como a un hermano», y aquél traducía: «El conquistador dice que te va a cortar la cabeza», o algo parecido”.

“Traduttore, traditore –agregué, distraído, yéndome por la tangente–. ¿Te parece que hay política sin traición?”

Agregué que habría que empezar leyendo Antígona, de Sófocles. Aquella heroína había tenido la desventurada intención de sepultar a su hermano, muerto en lucha contra Tebas y abandonado en el campo de batalla por orden de Creonte, el entonces regente. De este modo, ella traicionaba la ley de la ciudad pero no su deseo mayor. Una bella traición, es claro, sólo que habría de pagarla con la propia vida.

“A propósito –soltó mi compañero–: nada mejor para la primera lección de un curso introductorio a la política que la discusión que mantiene Hemón con su padre, Creonte, cuando le objeta el castigo que impondría a Antígona, su prometida. Allí está más breve y claro que en cualquier parte la esencia del conflicto entre el hombre y el Estado.”

“¡Fantástico! –dije a mi vez–. Sería empezar la formación de los políticos enseñándoles a leer.”

“No te creas que eso se aprende así como así –respondió mi amigo–. No es cuestión de alimentar la labia, sino de leer entre líneas, y habría que agregar que eso es imposible si no se tienen ganas.”

“Borges insistía en que es mejor ser lector que ser leído –dije–, pero ¿tienen los políticos ganas de leer?”

“No creo, y menos ganas tienen de enseñar a sus seguidores a hacerlo –escuché mientras levantaba la mano llamando al mozo para que trajera la cuenta–. Ni falta que hace. Si se ha vuelto frecuente que ni siquiera nuestros colegas, profesores de la universidad, tengan ganas de leer. Alcanza con que en los programas de sus materias la bibliografía parezca actualizada.”

“No siempre pasa eso –protesté–: conozco una parva de profesores que leen muchísimo.”

“Sí, pero se ven cada día menos –replicó mi amigo–, y en política casi ni se meten; ahí son tan pocos que cuando hablan parecen bichos de otro pozo… Sería preferible que los militantes y sus dirigentes aprendieran de los que leen algo más que el diario, y no al revés.”

El autor es psicoanalista. Fue decano de la Facultad de Psicología de la UBA.