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Opinión
Publicado en la ed. impresa: Opinión
Sábado 16 de setiembre de 2006
 

El secreto del peluquero

 

Por Raúl Courel
Para LA NACION

 
 
 

SI uno toma un camino enripiado y sinuoso que sale de Tafí Viejo hacia el Nordeste llega a los pocos minutos a un municipio de no más de siete manzanas llamado Trueque Bajo. El intendente es el puntero del único partido que tiene ahí un local, de manera que es el mandamás indiscutido. Este hombre, que se destaca por una abundante y vistosa cabellera, solía mantener a su servicio un peluquero al que remuneraba mediante algunos planes Trabajar que distribuía entre éste y sus parientes.

Viene al caso mencionar que a fines de los años setenta un estudiante de historia de la capital de Tucumán, para no correr riesgos de ser confundido con algún guerrillero, decidió alejarse de su ciudad e ingresó como maestro en la escuelita de Trueque Bajo. El joven maestro, que había llevado consigo una rica biblioteca, solía leer con entusiasmo mitología griega a sus alumnos.

El hecho de que el peluquero del intendente hubiera sido en su niñez un encantado discípulo de tan apreciable maestro ofrece alguna pista para explicar el particular contenido de un e-mail que difundió por Internet tras abandonar Trueque Bajo de un día para otro, él y toda su parentela, con la consecuente pérdida de los planes Trabajar. Nunca se supo a ciencia cierta qué provocó la inesperada emigración y el brusco fin de su relación laboral con el intendente, que parecía convenir tan bien a ambos. Sólo quedó este curioso e-mail, en el que se narra un clásico mito, sin que jamás hubiera, de cualquier procedencia, aclaración alguna:

“A mis estimados vecinos:

“Me despido de ustedes contándoles una historia verdadera que ilustra sobre el sentido oculto del gorro frigio, que es parte de nuestro escudo nacional.

“El dios Apolo y el sátiro Marsias compitieron en un certamen musical del que resultó ganador el primero, pero el rey Midas –el mismo que, obsesionado por la ambición, padeció la maldición de convertir en oro todo lo que tocaba– se manifestó extremadamente descontento con el fallo. Apolo, molesto con él, decidió castigarlo haciéndole crecer dos largas orejas de burro.

“El rey, para ocultarlas, cubría su cabeza con un gorro frigio. Mantenía esta penosa vicisitud en completo secreto, salvo para su peluquero, quien obligadamente debía conocerla para realizar su trabajo.

“Tenía, eso sí, que guardar al respecto la más absoluta reserva.

“El peluquero, no soportando el peso del secreto, para desahogarse cavó un agujero en la tierra, metió en él su cabeza y gritó allí la verdad: «¡El rey Midas tiene orejas de burro!». Inmediatamente tapó el lugar para que las palabras no pudieran escapar, quedando entonces aliviado con lo que había hecho.

“He aquí que al poco tiempo crecieron en ese sitio un sinnúmero de juncos que, mecidos por el viento, susurraban inconfundiblemente a todo el que por ahí pasaba: «El rey Midas tiene orejas de burro».

“Me despido de todos ustedes con afecto. Firmado: El peluquero.”

Unos meses después de esta extraña partida el intendente fue reelegido y pronunció en el acto de reasunción un encendido discurso sobre la conveniencia de que los gobiernos municipales duraran un tiempo no inferior a dos o tres décadas. Se aseguraría así, por ejemplo, la mejor solución para la plaga de juncos que se había extendido por todas partes, estimulada por la creciente humidificación del clima.

Del peluquero nunca se supo más nada.

El autor es psicoanalista y ensayista y fue decano de la Facultad de Psicología de la UBA.

 
 



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