SI uno toma un camino enripiado y sinuoso que sale de Tafí Viejo hacia
el Nordeste llega a los pocos minutos a un municipio de no más de siete
manzanas llamado Trueque Bajo. El intendente es el puntero del único
partido que tiene ahí un local, de manera que es el mandamás
indiscutido. Este hombre, que se destaca por una abundante y vistosa
cabellera, solía mantener a su servicio un peluquero al que remuneraba
mediante algunos planes Trabajar que distribuía entre éste y sus
parientes.
Viene al caso mencionar que a fines de los años setenta un
estudiante de historia de la capital de Tucumán, para no correr riesgos
de ser confundido con algún guerrillero, decidió alejarse de su ciudad
e ingresó como maestro en la escuelita de Trueque Bajo. El joven
maestro, que había llevado consigo una rica biblioteca, solía leer con
entusiasmo mitología griega a sus alumnos.
El hecho de que el peluquero del intendente hubiera sido en su
niñez un encantado discípulo de tan apreciable maestro ofrece alguna
pista para explicar el particular contenido de un e-mail que difundió
por Internet tras abandonar Trueque Bajo de un día para otro, él y toda
su parentela, con la consecuente pérdida de los planes Trabajar. Nunca
se supo a ciencia cierta qué provocó la inesperada emigración y el
brusco fin de su relación laboral con el intendente, que parecía
convenir tan bien a ambos. Sólo quedó este curioso e-mail, en el que se
narra un clásico mito, sin que jamás hubiera, de cualquier procedencia,
aclaración alguna:
“A mis estimados vecinos:
“Me despido de ustedes contándoles una historia verdadera que
ilustra sobre el sentido oculto del gorro frigio, que es parte de
nuestro escudo nacional.
“El dios Apolo y el sátiro Marsias compitieron en un certamen
musical del que resultó ganador el primero, pero el rey Midas –el mismo
que, obsesionado por la ambición, padeció la maldición de convertir en
oro todo lo que tocaba– se manifestó extremadamente descontento con el
fallo. Apolo, molesto con él, decidió castigarlo haciéndole crecer dos
largas orejas de burro.
“El rey, para ocultarlas, cubría su cabeza con un gorro
frigio. Mantenía esta penosa vicisitud en completo secreto, salvo para
su peluquero, quien obligadamente debía conocerla para realizar su
trabajo.
“Tenía, eso sí, que guardar al respecto la más absoluta reserva.
“El peluquero, no soportando el peso del secreto, para
desahogarse cavó un agujero en la tierra, metió en él su cabeza y gritó
allí la verdad: «¡El rey Midas tiene orejas de burro!». Inmediatamente
tapó el lugar para que las palabras no pudieran escapar, quedando
entonces aliviado con lo que había hecho.
“He aquí que al poco tiempo crecieron en ese sitio un
sinnúmero de juncos que, mecidos por el viento, susurraban
inconfundiblemente a todo el que por ahí pasaba: «El rey Midas tiene
orejas de burro».
“Me despido de todos ustedes con afecto. Firmado: El peluquero.”
Unos meses después de esta extraña partida el intendente fue
reelegido y pronunció en el acto de reasunción un encendido discurso
sobre la conveniencia de que los gobiernos municipales duraran un
tiempo no inferior a dos o tres décadas. Se aseguraría así, por
ejemplo, la mejor solución para la plaga de juncos que se había
extendido por todas partes, estimulada por la creciente humidificación
del clima.
Del peluquero nunca se supo más nada.
El autor es psicoanalista y ensayista y fue decano de la Facultad de Psicología de la UBA.