Psicoanálisis y economía: sobre algunos aspectos de la función subjetiva del dinero

Psychoanalysis and economy: on some aspectos of the subjective function of money

Por Raúl Courel (1)

 

(Publicado en Revista Universitaria de Psicoanálisis, Nº 5. Facultad de Psicología, UBA, 2005).


Resumen :

Se destaca que la función del dinero como medida de la satisfacción que ofrecen los bienes se amplifica en la economía global actual extendiendo la falta de goce. Se parte del concepto del dinero como símbolo de un goce imposible. Se consideran posiciones subjetivas en relación al dinero señalando goces sublimatorios que se independizan de él y tramitaciones fantasmáticas de su carencia. Se comparan dimensiones subjetivas de la posesión de riqueza y de la pobreza. Se puntualiza que la angustia es un aspecto a considerar en el pánico económico en situaciones de crisis generalizadas. Se distingue el sujeto del inconsciente del de la economía teniendo en cuenta la opción ética entre el deseo y el servicio de los bienes. Se destaca la importancia de distinguir entre falo y dinero considerando los registros imaginario, simbólico y real.

 

Summary:

It is emphasized that the function of money as measurement of the satisfaction that the goods would offer is amplified in the present global economy extending the lack of enjoyment. That is sustained in the concept that money is a symbol of an impossible enjoyment. Some subjective positions in relation to money are considered to point out sublimated aspects that become independent from it, and phantasmatic transactions of its scarcity as well. Subjective dimensions of possession of wealth and poverty are compared. It is pointed out that anguish is an aspect to be considered in the economic panic in generalized crisis situations. The subject of unconscious and the subject of economy are differentiated considering the ethical option between desire and submission to the goods. It is called attention to the importance of distinguishing between phallus and money considering the registries imaginary, symbolic and real.

 

Palabras claves :

psicoanálisis y economía - arte y dinero - pánico económico - sujeto económico – falo y dinero.

 

Key words :

psychoanalysis and economy - art and money - economic panic - economic subject – phallus and money

 

 

El sentido con el que encontramos al dinero en el habla común es el de un bien aprehensible, aunque fungible, que se puede o no poseer. En la esfera económica el dinero opera como medida en el intercambio de los bienes y se hace objeto de demandas, sustituyendo a objetos cuyas disparidades se anulan en el parámetro común. Las mercancías se hacen así comparables en base al único patrón de medida que ofrece la moneda.

Para entender el papel que juega el dinero en la subjetividad es preciso reconocer su significación libidinal. Desde su consideración por Freud como sustituto simbólico inconsciente en la serie heces-regalo-pene-hijo (FREUD, 1917) hasta su concepción como un significante en el campo del goce, por Lacan (LACAN, 1975), el psicoanalista siempre se ha encontrado con él vinculado a un déficit o falla en la regulación del padecimiento, a saber: como un símbolo de un goce imposible.

Tendremos especialmente en cuenta, a propósito de la función que el falo cumple en las sustituciones inconscientes, la distinción entre el dinero como significante y el falo simbólico, que es otro significante. Señalamos la importancia de esta diferencia a partir de considerar el concepto, esencial, de que ningún significante equivale a ningún otro (LACAN, 1975). La distinción es necesaria para apreciar la incomparabilidad radical entre los objetos en lo atinente al deseo inconsciente. “Nuestra experiencia”, observaba Lacan, “pone (…) en el centro una medida inconmensurable, una medida infinita, que se llama el deseo”(LACAN, 1960, 375). Destacamos que esta inconmensurabilidad se corresponde con que la afirmación del sujeto como sujeto de deseo sea efecto de la falta del objeto, no de su presencia. Se vincula con ello que la moneda, ya no en el plano de los intercambios sociales estudiados por la economía sino en el de la subjetividad descubierta por el psicoanálisis, fracase como parámetro de comparación de los bienes, haciendo presente, en cambio, su falta.

Por otra parte, el psicoanálisis se depara con el hecho de que en el actual sistema económico global el trabajo del sujeto, sea cual sea su índole, es asimilado por un orden de producción que amplifica al extremo la función del dinero extendiendo la falta de goce (LACAN, 1969-1970). En situaciones de aguda crisis económica puede hacerse más palpable la extensión de esta falta, hasta el punto en que el padecimiento, abarcándolo todo y a todos con mayor nitidez, se vuelve no sólo más penoso sino más imperativo en su carácter universal. A propósito de los efectos que los procesos inflacionarios tienen sobre los sujetos, por ejemplo, ha sido señalado que “el carácter concreto del discurso universal nos es presentificado diariamente por las variaciones de ese equivalente universal que es el dinero, como ... podemos constatar en la Argentina”, donde se destaca que “... las variaciones de ese equivalente universal son a tan corto plazo, y sus incidencias son tan pronunciadas en la vida cotidiana, que el universo puede parecer real” (MILLER, 1984).

 

1. Abundancia y escasez.

Según hemos señalado, los precios expresados cuantitativamente en virtud del patrón monetario de medida muestran las cotizaciones de las mercancías en el mercado pero no su valoración subjetiva. Ellas no tienen en cuenta las singularidades fantasmáticas de cada sujeto, de modo que, en este plano, no podrían implicar para él sino satisfacciones que, en esencia, le son ajenas.

Una vez puesto, entonces, el precio de los bienes en moneda, éste no es apto para diferenciar el carácter de los goces que el sujeto puede encontrar en ellos. Al respecto, los distintos sujetos se encuentran de inicio en situación similar, con independencia de cuánto dinero poseen. Las consecuencias, sin embargo, serán diversas. El rico, teniendo al alcance de su bolsillo los bienes que ofrece el mercado, se depara prontamente con la separación del goce que la condición de deseante le impone, haciéndole patente la diferencia entre su goce y el goce que supone al otro. En este aspecto, la posesión de riqueza promueve sentimientos de des-identificación y de diferenciación antes que de identificación o de comunidad con el prójimo; la pobreza, en cambio, propicia las igualaciones imaginarias con él. Los reportes sobre catástrofes o situaciones de emergencia social indican con frecuencia que las personas de recursos más modestos muestran mayor predisposición a las conductas solidarias. Viene al caso la observación de Lacan: “La esencia del amor es, sin duda, ... amor de la debilidad. ..., el amor es dar lo que no se tiene. O sea, lo que podría reparar esa debilidad originaria” (LACAN, 1970, 55).

Habida cuenta de que en el amor se da lo que no se tiene, y de que a nivel del deseo aquello que se posee sobra, la pregunta es: ¿puede el rico dar lo que no tiene cuando le es ostensible que sí tiene?, ¿ofrece la miseria económica un terreno más fértil que la riqueza a la vinculación amorosa?. La clínica brinda con frecuencia ejemplos de la difícil posición subjetiva del rico en relación al amor y de sus impasses en relación al deseo, entre los que es frecuente la impotencia. Se ha hecho notar que el rico, forzado a comprar debido a que es rico, puede inclinarse al despilfarro o a la desvalorización de lo que compra. De esta manera intenta aligerarse de lo que posee para lograr sostener el deseo y recuperar la potencia (MILLER, 1985).

La identificación de los bienes con mercancías medidas en moneda, que se extrema con la primacía excluyente de un único patrón, acota las vías del goce de maneras particulares. La falta de dinero se convierte entonces en la ocasión de una real frustración de goce como consecuencia de la inaccesibilidad real de los bienes. El sujeto, por su parte, soporta este proceso dentro de los márgenes que sus condiciones fantasmáticas le permiten.

Cabe destacar que el dinero se presta a representar para el sujeto un sustituto del goce, aunque no bajo el significante de su eliminación sino del de su postergación. Para que esta renuncia provisoria al goce se produzca es necesario que el dinero sea eficaz como señuelo para distanciar al sujeto de la satisfacción que busca, operando una promesa de goce futuro que le facilite desistir a la exigencia de uno inmediato. La falta de dinero resiente esta eficacia, bajo la forma, por ejemplo, de un fracaso en el procesamiento simbólico de la falta de goce, que puede dar lugar, regresivamente, a agresividades dirigidas contra un otro identificado como poseedor de los bienes, imaginariamente los mismos que el propio goce del sujeto imperativamente requiere.

 

2. Dinero y sublimación.

El sarcasmo de Bretón sobre Salvador Dalí al arrojarle su anagrama “avida dollars”, encontraba una respuesta no menos mordaz por parte del pintor. “Creo en el humanismo del ojo del culo”, contestaba Dalí, “no hay que ignorar ni la muerte ni la mierda, el oro exalta y trasciende al hombre” (DALÍ, 1975, 233). Quien hablaba así no era un capitalista de oficio sino un artista absorbido por la pasión de crear.

Dado a las manifestaciones extremas, entre las que no faltaron defensas al nazismo, Dalí era tenido más por excéntrico que por reaccionario. No resulta entonces extraño que se proclamara al mismo tiempo “anarquista, monárquico y contra la sociedad de consumo” (GÓMEZ DE LIAÑO, 1982, 32). Más allá de la índole de estas declaraciones, es indudable que sus esfuerzos principales estaban dedicados al arte. En “La apoteosis del dólar”, una de sus obras de mayor tamaño, al margen del sentido que se atribuya al enaltecimiento de esa moneda, se reconoce no sólo la excelencia del artista sino el descomunal trabajo que insumió su factura.

Se ha sostenido, por otra parte, que el ensalzado dinero en verdad no constituía para Dalí otra cosa que un tema de elección para su propósito de lograr una belleza que pretendía absoluta y universal, más allá del orden mundano (PAWELS, 1990). La aspiración a una perfección universal se advierte también en su utilización de la ley renacentista de la divina proporción, como encontramos en la perspectiva de su Cristo de San Juan de la Cruz , uno de sus cuadros más famosos. Esa pintura, no obstante, junto a otras pertenecientes a su época mística-clásica, a pesar de la esplendidez artística que evidencia, también ha sido considerada un reflejo de sus ambiciones comerciales.

Pablo Picasso, cuya actividad sublimatoria no era menos intensa que la de Dalí, mantuvo hacia el dinero una actitud que fue también objeto de polémicas. El célebre pintor de Málaga, de origen humilde, había establecido con el dinero una relación que le permitió dejar al morir una importante herencia, pero no previó el destino futuro de su fortuna, de manera que tras su desaparición se generó una compleja maraña de conflictos por la sucesión, entre los que no faltaron acusaciones de avaricia de parte de varios de sus herederos (PICASSO, 2004).

Las apreciaciones acerca de estos artistas subrayan, por un lado, gustos excesivos por el dinero y, por otro, talentos y dedicaciones que hacen evidente una marcada actividad sublimatoria. Si se considera que la primera ocupación de un avaro cabal es llevar la cuenta de lo que tiene y asegurarse el control de sus bienes, y si prestamos atención a las intensas dedicaciones de Dalí y Picasso al arte, ¿puede considerarse que sus posiciones subjetivas eran similares a las de quien tiene al dinero en la mira central de su ambición?. En todo caso, ¿prevalecía en ellos el gusto por el dinero sobre el goce sublimatorio o viceversa?; o bien: la consecución de uno de ellos, ¿coartaba la del otro?; y si lo hacía, ¿en qué sentido o medida?. La pregunta se puede formular de otro modo: ¿se trataba de ricos, con psicología de ricos, que tenían el berretín de pintar, o se trataba de pintores cabales que amasaron fortunas?, incluso: ¿qué gozaban?.

El mito del Rey Midas, que convertía en oro todo lo que tocaba, sirve de metáfora del concepto de Lacan de una exclusión recíproca en el mundo moderno entre el “valor” del objeto producido por el trabajo y el “goce” inherente a la realización de este último (LACAN, 1969-1970). En efecto, el producto del trabajo es un "bien" que, desprendido del goce singular e intransferible, puede ser expropiado y acumulado. Se trata de aprovechar el goce que se adhiere al trabajo, esto es: de explotarlo. Para ello es preciso contabilizarlo, hecho que comienza a producirse, como ha hecho notar Lacan, en algún momento de los comienzos de la era moderna. La puesta en valor monetario y su acumulación en el capital son así una manera, dicho sucintamente, de manejar el goce dándole un régimen y un destino. El Rey Midas, precisamente, es el rico que acumula porque no gasta, a saber: porque se priva del goce para recuperarlo como significante. Pero no sólo la riqueza viene al lugar de la pérdida de goce, la cada vez más extensa pérdida de goce deja al síntoma como lugar privilegiado de recuperación de goce, según enseña, precisamente, el concepto de plus de gozar (LACAN, 1969-1970).

En lo que atañe a Dalí y a Picasso, que sin duda sublimaban, recordemos que Lacan ha destacado que la sublimación no es gratuita. “Sublimen todo lo que quieran” -expresaba en su seminario sobre la ética del psicoanálisis - “hay que pagarlo con algo. Ese algo se llama el goce. Esa operación mística la pago con una libra de carne. Éste es el objeto, el bien, que se paga por la satisfacción del deseo” (LACAN, 1960, 383). Según se puede notar, tanto el rico que acumula dinero como el pintor dedicado a pintar pagan con goce, pero mientras se señala del primero que “no tiene nada que hacer con el goce” (LACAN, 1970, 87), se reconoce en el segundo que lo recupera en la sublimación, como prueba la siguiente declaración de Dalí: “Sí, cuando duermo y pinto, babeo de placer”; a la que agregaba: “es innegable que todo buen pintor babea” (GÓMEZ DE LIAÑO, 1982, 14).:

 

3. La coartada obsesiva.

Un caso diferente al de los artistas referidos es el del obsesivo que, en sus protestas por falta de dinero, incluso en el marco de una crisis económica generalizada en la sociedad, justifica sus distracciones respecto a los asuntos de su deseo. Un paciente, a quien llamaremos Gustavo, se lamenta en sesión de no poder comprar aquello que necesita. Su situación económica real, no obstante, dista de ser crítica. No es su único motivo de quejas: “me falta erudición”, dice, subrayando otro aspecto del daño imaginario que padece. Se encuentra igualmente limitado, manifiesta también, tanto en riqueza como en conocimientos y en posibilidades de salir adelante.

Gustavo eleva el valor que atribuye al goce que encontraría en todo aquello que compraría si tuviera dinero, y reconoce el anhelo de contar con la posibilidad de derrochar con facilidad. El análisis le permite reconocer que de esta manera evitaría resolver la cuestión de qué quiere, que le exigiría enfrentar las angustias de castración de las que se mantiene prolijamente a resguardo. Es de considerar, por lo tanto, el beneficio neurótico que Gustavo encuentra en la disminución de su poder adquisitivo, con la que justifica, además, restricciones varias en su vida social.

“El comportamiento del obsesivo” –ha señalado Lacan- “(…) siempre se regula para evitar (…) el exceso, el placer en demasía” (LACAN, 1959, 70). El aislamiento al que este paciente se obliga resulta un protector en alguna medida eficaz, de modo que tanto la reducción de sus asociaciones como la inclinación a la calma del encierro, justificadas con argumentaciones que se valen de los temas habituales referidos a la crisis económica, invitan a descubrir las coartadas que encuentra respecto a responsabilidades varias.

La vastedad de la crisis económica, que abarca al conjunto de la sociedad, al tomar el cariz de un destino colectivo que no deja escapatoria, facilita la vinculación entre el pesimismo y las depresiones con las condiciones externas. Gustavo compensa su padecimiento con el pensamiento de que comparte con el analista el lugar de víctima de circunstancias similares. El contrapeso que ofrece el carácter transitivo de esta identificación pospone el análisis de sus preguntas acerca de aquello que le concierne singularmente, más allá de lo qué sucede a todos.

En el inconsciente, enseñaba Freud, el superyó hace de las calamidades que no es posible evitar una buena ocasión para que el yo, culpabilizado, sea castigado. La comprobación - hecha primero por Freud - de que en la medida en que más renuncia el sujeto a su deseo, más infeliz se siente y también más culpable, es subrayada por Lacan cuando expresa: “aquello de lo cual el sujeto se siente efectivamente culpable cuando tiene culpa (…) es siempre, en su raíz, de haber cedido en su deseo”.(LACAN, 1960, 379).

 

4. El precio del deseo.

El pago del análisis es habitualmente acompañado por una tácita fe en una relativa estabilidad de los ingresos del analizante. La confianza en la constancia del valor de la moneda está inscripta en esta suposición, operando como un aspecto del Otro que facilita, incluso que imaginariamente garantiza, la progresión del análisis. Si las operaciones del sistema monetario dejan de sostener la función del dinero como patrón de medida que posibilita los intercambios en el mercado, se conmueve, en un grado que varía según los aspectos fantasmáticos del caso, dicha suposición de garantía.

En circunstancias de crisis económicas agudas se puede asistir a un efecto imaginario que podemos llamar pánico económico, causado habitualmente por la pérdida real del medio de intercambio que es el dinero. Éste, en tanto símbolo de los bienes, privado con evidencia de la posibilidad de cumplir el papel ordenador de los intercambios sociales enraizado en la cultura, hace lugar a una desregulación en las economías libidinales. Destacaremos al respecto que la falla extrema y expresa de esta función del dinero precipita el enfrentamiento por el sujeto de la opción entre el servicio de los bienes y el deseo (LACAN, 1960). Al conmoverse la distribución de goces en la que el sujeto acomoda transaccionalmente sus concesiones al servicio de los bienes, puede hacerse imperativa la cuestión de su real papel subjetivo.

¿Cuánto dinero es necesario para pagar cuánto confort y facilidades que se convierten en objetos imaginarios de su demanda?. Lacan ha señalado que, a nivel del deseo inconsciente, “no hay otro bien más que el que puede servir para pagar el precio del acceso al deseo”(LACAN, 1960, 382). Por otra parte, él vinculaba el hecho de ceder en lo concerniente al deseo con la existencia de una traición: “sea que el sujeto se traicione a sí mismo, sea que acepte ser traicionado en sus expectativas, algo se juega alrededor de la traición” - expresaba - “cuando … cede al punto de reducir sus propias pretensiones y decirse …ya que es así renunciemos a nuestra perspectiva”(LACAN, 1960, 381). Subrayemos que aquí lo traicionado no es una persona sino el deseo, para el cual el bien que importa es uno caracterizado tanto por su singularidad como por el hecho de que para adueñarse de él es preciso pagar su precio.
Siendo que el dinero se ofrece como un bien convertible en cualquier otro, por este hecho se presta mejor que cualquiera a confundirse con el objeto de deseo. Pero éste, a diferencia del dinero, que es objeto tangible, no podría tener otra consistencia que la de objeto perdido y, como tal, no es comprable. Por esta razón, y por la función que le cabe en la modernidad avanzada, no es posible dar por descontado que en la mayoría de los casos el dinero no se preste a engañar al sujeto respecto a qué realmente quiere.

 

5. Consideraciones finales.

Notemos que la penuria económica genera peligros reales, cuando menos incomodidad y displacer, y que la angustia que a menudo la acompaña surge en el punto donde el sujeto siente de cerca la posibilidad de traicionar su deseo. Capturado en una significación contingente que atribuye al dinero, el sujeto renuncia a la libertad que su real condición subjetiva implica. El psicoanalista, para preservar la dimensión propiamente analítica, suele tener en cuenta que la particular labilidad del yo amenazado por el pánico económico encierra angustia, que atañe, precisamente, a la vacilación del sujeto ante el deseo.

La interpretación analítica, en fin, procura no perder de vista que el inconsciente, antes que la incidencia de una ley exterior en la intimidad del sujeto, es una subjetividad radical excluida de la ley externa. La posibilidad de que el psicoanálisis contribuya a que el sujeto acceda en sus justos términos a la opción de asumir en ella su responsabilidad de tal requiere una clara diferenciación entre las funciones simbólica e imaginaria del falo y las del dinero, para lo cual es preciso distinguir, además, entre los aspectos simbólicos, imaginarios y reales involucrados.

La falta de dinero y de su papel regulador en los intercambios sociales, señalamos, constituyen para el sujeto privaciones reales. Respecto a la frustración o a la angustia que generan, ellas no son pruebas de un déficit del sujeto sino efectos de su extravío en los significantes de la cultura que vive. Estos últimos producen en él tanto la pérdida de goce inherente al malestar que Freud reconoció en nuestra civilización, como su identificación con valores económicos. En la enajenación resultante se revela la dificultad para decir un “no” que no sea idéntico a un signo de exclusión social. Se advierte aquí, asimismo, que el sujeto del inconsciente se descentra del sujeto de la economía, según muestra tanto la impotencia del dinero para regular el goce como la diferencia entre el goce sublimatorio que destacamos en Dalí y en Picasso y el que es capaz de procurar el dinero como bien.

 

Nota:

(1) * Este trabajo es parte de la investigación “Incidencias de la subjetividad en ciencias. Implicaciones teóricas y prácticas” (Proyecto P067, Programación UBACYT 2001-2003), dirigida por el autor en el Instituto de Investigaciones Psicológicas de la UBA.

 

Bibliografía:

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  5. Lacan, Jacques (1959-1960) El Seminario, Libro VII , La ética del psicoanálisis. Buenos Aires, Paidós, 1988.
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  10. Picasso, Olivier Widmaier (2004) Picasso.Retratos de familia . Madrid, Ed. Algaba, 2004.

 

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