Observaciones sobre el psicoanálisis y la investigación científica (1)

(Publicado en Revista Universitaria de Psicoanálisis, Nº 2, Año 2000, Buenos Aires)

Raúl Courel


Resumen:

Se consideran observaciones de Freud, Lacan y otros autores sobre relaciones y diferencias entre psicoanálisis e investigación científica. Se refiere la inclinación subjetiva a la ignorancia, la falta de deseo de saber y algunas de sus consecuencias, señalándose la función del psicoanálisis en su reconocimiento. Se problematizan aspectos de la noción positivista de ciencia que impera en nuestra época. Se refieren particularidades del psicoanálisis en la formulación de sus conceptos y se observan diferencias entre la escritura psicoanalítica y la científica.

 

Abstract:

It considers observations made by Freud, Lacan and other authors with regard to relationships and differences between psychoanalysis and scientific investigation. It refers to the subjective inclination to the ignorance, the lack of desire to know and some of its consequences pointing out the function of psychoanalysis in its acknowledgment. It discusses the positivist notion of the science that governs in our age. It refers to peculiarities of psychoanalysis in the way it formulates its concepts and it observes differences between the psychoanalytical and the scientific writing.

 

Palabras claves:

Psicoanálisis y ciencia - subjetividad y ciencia - método psicoanalítico - investigación psicoanalítica - ignorancia - epistemología y sujeto de la ciencia - ciencia y escritura - positivismo.

Psychoanalysis and science – subject and science . psychoanalytical method – psychoanalytical research – ignorance in science – epistemology and subject – writing and science – positivism.


Aunque en la última década ha crecido el número de psicoanalistas que se incorporan a las universidades y a los sistemas científicos oficiales, no faltan quienes consideran que ello no beneficia al psicoanálisis ni a las ciencias. Psicoanalistas, psicólogos de distintas especialidades, científicos de ciencias varias, epistemólogos y filósofos, polemizan acerca de asuntos que van desde si el psicoanálisis es o no compatible con la ciencia a si tal o cual proyecto de investigación de ese carácter merece ser subsidiado. Se plantean preguntas acerca de qué coincidencias y diferencias metodológicas hay entre el psicoanálisis y las ciencias, de si el psicoanálisis es una simple praxiología y, finalmente, de si hace realmente algún aporte ya sea a las ciencias, a la historia o a la filosofía de las ciencias.

En su texto Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico , Freud comenta coincidencias y diferencias entre la práctica del psicoanálisis y la investigación científica. Allí expresa: “La coincidencia de investigación y tratamiento en el trabajo analítico es sin duda uno de los títulos de gloria de este último. Sin embargo, la técnica que sirve al segundo se contrapone hasta cierto punto a la de la primera. Mientras el tratamiento de un caso no esté cerrado, no es bueno elaborarlo científicamente” (FREUD 1912, XII, 114). Su aseveración se apoya en la idea de que el éxito de la cura “se asegura mejor cuando uno procede como al azar, se deja sorprender por sus virajes, abordándolos cada vez con ingenuidad y sin premisas” (id.). “No se debe olvidar que las más de las veces uno tiene que escuchar cosas”, dice también, “cuyo significado sólo con posterioridad (nachträglich) discernirá” (id., 112).

Freud había advertido que es inevitable que la atención y la memoria del psicoanalista seleccionen los materiales a los que concede importancia, de modo que “si en la selección uno sigue sus expectativas”, según sus propias palabras, “corre el riesgo de no hallar nunca más de lo que ya sabe; y si se entrega a sus inclinaciones, con toda seguridad falseará la percepción posible” (id.). Este problema, sin duda, no es de fácil solución, y su idea es que no alcanzan técnicas, por ejemplo, como el registro taquigráfico de todo lo hablado, puesto que a los fines de la interpretación los datos deberán igualmente ser seleccionados sin esperar los resultados de un estudio científico exhaustivo. De este modo el creador del psicoanálisis reconoce que es indispensable poner en consideración la subjetividad del analista en la tarea de psicoanalizar.

De ello Freud desprende la necesidad de la atención flotante como regla técnica y del análisis del inconsciente del propio analista. El propósito es conocer, para regular mediante dispositivos acordes con la racionalidad científica, la incidencia de la subjetividad en la apreciación y tratamiento de los materiales clínicos. Eso está presente cuando expresa: “No sé cómo encarecería bastante a mis colegas que en el tratamiento psicoanalítico tomen por modelo al cirujano que deja de lado todos sus afectos y aun su compasión humana, y concentra sus fuerzas espirituales en una meta única: realizar una operación lo más acorde posible a las reglas del arte” (id., 114).

Lacan, continuando la reflexión de Freud, subraya que el deseo del analista interviene de manera decisiva en la cura y es una función esencial en su conducción. En sus textos, además, abundan las referencias al papel del sujeto no sólo en el psicoanálisis sino en las ciencias, en la filosofía y en otras actividades intelectuales. Mencionemos sus observaciones sobre el papel del deseo del reflexólogo Pavlov en sus experimentos con perros (LACAN 1964, 236), o sobre el proceder de Descartes al fundar su método. De este último dice que “en su origen y en su fin, no está dirigido esencialmente hacia la ciencia sino hacia su propia certeza” (id., 239). Se señala, en consecuencia, que el anhelo de certidumbre, necesariamente subjetivo, tiene una injerencia central en la dedicación a la ciencia.

“En el campo de la investigación llamada científica hay dos dominios perfectamente deslindables”, apunta también Lacan, “el dominio donde se busca y el dominio donde se encuentra (id., 15). Parafrasea a Picasso (“no me buscarías si no me hubieras encontrado ya”) para caracterizar su propia actitud como un yo no busco, encuentro , y señalar que nunca se consideró a sí mismo un investigador (id., 15). Estas expresiones estuvieron destinadas a diferenciar el psicoanálisis de la hermenéutica, que promueve, según Lacan, una búsqueda inacabable de significaciones nuevas. Él pensaba que muchos psicoanalistas, cediendo a una avidez común en los humanos por dar sentido a todo, se inclinan a confundir la interpretación analítica, que no es una fuente inagotable de significaciones, con la hermenéutica, que sí podría serlo.

La búsqueda de satisfacciones rápidas es tal vez el obstáculo principal para avanzar que encuentran las ciencias en el sujeto. Esta idea es congruente con la afirmación de Lacan de que el saber de este último “está perfectamente limitado al goce insuficiente que constituye el que hable”, y con su conclusión de que, en definitiva, “no hay deseo de saber” (LACAN 1973, 128). El budismo, recuerda en otro lugar, “recomienda purificarse de las tres pasiones fundamentales: el amor, el odio y la ignorancia” (LACAN 1970, 144).

El concepto de que el hombre prefiere la ignorancia está en la médula de lo que el psicoanálisis tiene para decir acerca de la incidencia del sujeto en la investigación científica. Un epistemólogo como Gastón Bachelard abundaba en observaciones al respecto. Se refería, por ejemplo, al “orgullo de las certidumbres colectivas” y a la “avidez de las certidumbres particulares” (BACHELARD 1948, 286). La recreación con las primeras imágenes de los fenómenos, las actitudes pasivas de la inteligencia alimentadas por la dicha que se encuentra al pensar, el orgullo del profesor que se acomoda en el dogmatismo, la preferencia por lo que confirma las propias ideas y no por aquello que las contradice, el gusto por las respuestas y no por las preguntas, el reemplazo de una nueva búsqueda por el regodeo en la erudición, la adhesión a las racionalizaciones primeras, el anhelo de tener siempre razón y muchas otras tendencias muestran que el sujeto no es proclive a investigar de verdad. Éstos son algunos de los temas que trata Bachelard, hoy demasiado ausente, a mi entender, en la formación de los estudiantes.

Otro epistemólogo, Karl Popper, aunque está lejos de ceñir con propiedad la cosa psicoanalítica, argumenta contra la sujeción de los científicos a las modas intelectuales y a la autoridad de especialistas, diferente a la libertad de la mente amplia y abierta que es indispensable para aumentar el saber. “El pensador de moda”, expresa, “es, en general, esclavo de su moda”, para agregar que “también el experto es esclavo de su especialización” (POPPER 1993, 13).

Lacan, por su parte, previene acerca de la ambición de los psicoanalistas de obtener, con su nuevo y tan atacado instrumento, “un logro convincente para los demás”. Critica al respecto las “ganas de convertirse en autores” (LACAN 1970, 207). No es lo mismo, aclara, “presentar algo... para que un señor se dé importancia”, que “decir alguna cosa estructuralmente rigurosa” (id.). De las tesis universitarias señala que, antes que nada, sirven para que el sujeto se provea una etiqueta para la vida académica (id., 206). ). En otro lugar reflexiona sobre lo entorpecedor que puede resultar, en una carrera científica normal, estar supeditado a un catedrático cuyas ideas hay que tener en cuenta para progresar, considerándolo “uno de los mayores estorbos para el desarrollo del pensamiento científico” (LACAN 1964, 267).

Consideraciones como éstas abonan la idea de que la universidad está más volcada a generar una yocracia (LACAN 1970, 66) que a contribuir al avance real del saber, pero están igualmente dirigidas a cuestionar tendencias que entrevé en los psicoanalistas y en sus agrupaciones. No es el único, entre otros, Hans Sachs había notado, algunas décadas atrás, que en las instituciones psicoanalíticas el propósito científico acaba cediendo su lugar al objetivo de dar continuidad de existencia a la organización misma (SACHS 1939, 117). Al respecto, alertaba: “Cada fase de toda ciencia reconocida, ya se trate de un progreso espléndido o de una declinación lamentable, devendrá, de manera completamente perceptible, un fenómeno de psicología de las masas. El psicoanálisis no tiene derecho a suponer que es una excepción a esta regla” (id., 118).

En el psicoanálisis, que no abandona su arraigo en la ciencia moderna, se buscó preservar lo esencial de sus descubrimientos para ir más allá de distorsiones como las referidas, inducidas por el hecho de que su transmisión debe pasar necesariamente por el habla. Lacan, por ejemplo, ensayó matematizar conceptos, no apelando a cuantificaciones para medir sino operando teóricamente con símbolos de usos precisos y literales, con independencia de designaciones empíricas. Estas literalizaciones encuentran particulares dificultades en las llamadas “ciencias humanas”. Ello es producto, como señala, por ejemplo, J.C. Milner, de “la tensión que se instaura entre la voluntad de literalización y la sustancia humana ... de los objetos...” (MILNER 1989, p.17). Este autor nota que en estas disciplinas “la conexión entre individualidad y programa de investigaciones ... parece ser la regla” (id., 16). Es evidente que el psicoanálisis es una de las disciplinas en las que se destacan, en palabras de Milner, “... las formas de la individualidad fuerte, del hombre excepcional, del nombre propio, ... recurrentes” (id., 17).

El tratamiento racional de los hechos y situaciones que el psicoanalista enfrenta en su práctica constituye un difícil desafío. La tarea se vuelve espinosa cuando se trata de formular con propiedad las particularidades de esta experiencia y dar fundamentos a las acciones de acuerdo con las exigencias de rigor de la cientificidad moderna. Las complejidades de las materias parecen a menudo más fáciles de abordar mediante la escritura literaria que mediante la científica. El amor y la sexualidad, por ejemplo, de obligada atención para los psicoanalistas, siempre se han prestado al tratamiento poético y ensayístico. No obstante, no ha sido esa la orientación que Freud primero y Lacan después dieron al psicoanálisis. Principalmente bajo la influencia de este último, se extendió el concepto de que para encarar los problemas que plantea la subjetividad la escritura del psicoanálisis debía avanzar por el camino de la formalización científica.

La afirmación de que el psicoanálisis sólo puede fundarse en el orden de la ciencia (LACAN 1953, I, 272) hace necesario ahondar en el concepto de ciencia con que trabajamos. El estudio crítico de la noción de ciencia que prima en la episteme contemporánea no es un tema menor para el psicoanálisis. Lacan, por ejemplo, ha sostenido que el positivismo subordinó las ciencias del hombre a las ciencias experimentales sólo debido al prestigio que éstas últimas habían logrado (id. I, 273). Al respecto, rechazaba la suposición positivista de “una unidad última de todos los campos” (LACAN 1964, 16), manifestando que “no hay ninguna necesidad de que el árbol de la ciencia tenga un solo tronco”, aunque aclaraba que “no piensa que tenga muchos” (id.).

Lacan cuestionó la división de las ciencias procedente del siglo XIX, a la que estamos habituados usando la expresión ciencias conjeturales para referirse a las llamadas ciencias del hombre. Ponderando los desarrollos de la lingüística y de la antropología, que se apoyaban sobre una teoría general del símbolo, tenía el propósito de alojar entre ellas las ciencias de la subjetividad, incluyendo al psicoanálisis (LACAN 1953, 273-274). Atribuía también a las ciencias exactas el carácter de conjeturales, sosteniendo que las ciencias que se ocupan de la subjetividad y el mismo psicoanálisis no podían ser menos duros que aquellas. “La conjetura no excluye el rigor”, aseveraba (id., 275).

Lacan advertía, sin embargo, que no es lo mismo la necesidad de rigor que la de formalización. Las posibilidades de formalización tienen límites y no bastan por sí solas para definir las condiciones de una ciencia. “Se puede formalizar una falsa ciencia”, decía Lacan, “igual que una ciencia de verdad” (LACAN 1964, 18). Tampoco la apelación a la base empírica o a la experiencia, por mejor delimitada que ésta esté, alcanza para fundar adecuadamente una ciencia. Los datos experimentales y de observación no pueden ser considerados el puntal último de ninguna ciencia. Lacan recuerda, al respecto, que la medición exacta del tiempo, posible desde la invención del reloj de Huyghens, es posterior a la hipótesis de Galileo, innegablemente científica, de que todos los cuerpos están equivalentemente sometidos a la ley de gravedad. En consecuencia, siendo la verificación por la observación posterior a la hipótesis, se muestra inútil para originar esta última (cf. LACAN 1953, 275).

El estudio de las conjunciones y disyunciones entre el método psicoanalítico y el de las ciencias debe considerar especialmente la particular naturaleza del objeto del psicoanálisis. La primera característica que salta a la vista es que éste resulta inseparable del contexto discursivo en que se aborda. El psicoanálisis, en efecto, es una experiencia social discursiva, y no podría no serlo puesto que sólo es practicable en persona y por medio del habla. En la ciencia, en cambio, el vínculo que cuenta no es personalizable ni, en rigor, hablado, sino, en todo caso, escrito. Aunque un gen encuentre que el biólogo que lo estudia se equivoca no se lo diría, y si lo hiciera éste no lo escucharía, y aun si lo escuchara no necesitaría darle respuesta alguna para continuar su trabajo.

En consecuencia, si bien un experimento científico requiere de vínculos sociales que lo posibiliten, él en sí mismo no es un hecho social. Es en este sentido que la ciencia exige funcionar fuera de discurso y que sus saberes necesitan ser depurados de deseos. Tal depuración suele comúnmente confundirse con no tenerlos en cuenta, punto donde el psicoanálisis, debido a que su tarea está destinada a reconocer la presencia del deseo, se sitúa de manera diferente.

El papel del deseo en los vínculos sociales no se reconoce sólo en el vínculo analítico sino también en otros. No hay, además, manera de tenerlos realmente en cuenta sin pasar por las complicaciones propias de los vínculos sociales, en los que el habla es insoslayable. El psicoanálisis ha mostrado que no hay aproximación posible al objeto del deseo sin escuchar al sujeto, ya que las repeticiones en el discurso son vía obligada para aprehenderlos. Estos son, según refiere Lacan, “datos de nuestra experiencia” (LACAN 1960, 784). El psicoanálisis también ha enseñado que las incidencias del deseo no pueden ser evitadas o anuladas ignorándolos.

Del deseo se ha destacado también que no es cabalmente articulable en palabras, y que resiste a cualquier forma de “reduccción logicizante” (id., 1960, 784). Es en esta tesitura que Lacan puntualizó qu e "el truco analítico no será matemático", completando que "por eso mismo, el discurso del análisis se distingue del discurso científico" (LACAN 1973, 141). Para aclarar perspectivas, tengamos presente que la consistencia de los saberes producidos por el método científico pertenece por entero al campo de lo escrito. Por lo tanto, es de la escritura científica que quedan excluidas las verdades concernientes al deseo del sujeto. El método psicoanalítico, en cambio, debido a que, de inicio, no procura que se escriba sino que se hable, posibilita que lo excluido de la escrito retorne en el hablar. Es congruente con ello esta ponderación de Freud: “no me inclino a recurrir con mis pacientes a la lectura de escritos psicoanalíticos; les demando que lo aprendan en su persona propia y les aseguro que de esa manera averiguarán más cosas, y de mayor valor, que las que pudiera decirles toda la bibliografía psicoanalítica” (FREUD 1912, XII, 119).

Percibimos, entonces, que el psicoanálisis, al inscribirse en los sistemas científicos de este tiempo, recibe de ellos impulsos, por una parte, a la formalización más acabada de sus conceptos y, por otra, nuevas modalidades de ignorancia de la función subjetiva. Pareciera, además, que puesto que el sujeto está destinado a quedar excluido del producto científico, el primer beneficio que la investigación científica puede esperar del psicoanálisis es indirecto. Tal provecho consistiría en el psicoanálisis del mismo investigador, vía por la que éste podría avanzar más allá de los límites que la angustia impone a su actividad científica. De ello se deriva una tesis no menor: la de que para poner en la cuenta las incidencias del deseo en la producción científica es preciso pasar por la experiencia psicoanalítica.

Habrá que considerar el concepto de que al psicoanálisis le conviene un discurso “ético y no psicológico” (LACAN 1960, 784), que subraya que el acto analítico no es propiamente cognitivo sino ético. Recordemos la expresión de Lacan de que no se trata de “explicar ... por qué su hija está muda , (2) ” sino “de hacerla hablar ” (LACAN 1964, 19). El psicoanálisis del analista mismo vendrá, precisamente, a ocupar el lugar de aquello que el método científico por sí solo no puede ofrecer.

He realizado hasta aquí algunas distinciones entre el psicoanálisis y la investigación científica, mencionando temas y problemas conexos. Parece clave subrayar que si bien el método del psicoanálisis se diferencia del de la ciencia, no es libre para desatender algunas exigencias metodológicas de esta última, como requisito para que la función del sujeto sea reconocida en la episteme moderna. Por otra parte, ni el psicoanálisis ni la ciencia son libres, cada uno de maneras específicas, de los límites que la subjetividad impone a sus alcances. En este aspecto, la constatación de que el hombre dedicado a la ciencia no es más libre que el común de los mortales de la vocación subjetiva por la ignorancia, enseña tal vez el concepto que mejor resume la contribución del psicoanálisis a la epistemología y a la intelección de la producción de saber.

La Universidad se quiere cultivo libre del saber científico, pero no escapa a los efectos de masas sobre sus integrantes, inclusive cuando son psicoanalistas. Los psicoanalistas se quieren libres de los efectos de masas, pero no escapan de ellos ni de los de racionalización, no de racionalidad, que la primacía del discurso universitario tiene no sólo en los claustros sino en sus vidas cotidianas.

El hecho de que el psicoanálisis sea impensable sin la ciencia y que su escritura no deba ser ajena a sus exigencias no hace, sin embargo, que la relación entre psicoanálisis y ciencia sea complementaria. Una de las particularidades por las que el escrito psicoanalítico no puede ser íntegramente escrito científico es que aquel, al pretender tener en cuenta algo verdadero pero excluido del saber, plantea, entre otros, el problema de la relación entre escritura y habla. En efecto, en el habla es preciso situarse en el campo del mediodecir , como “ley interna de toda clase de enunciación de la verdad” (LACAN 1970,116), que procuramos no confundir con imperfecciones de escritura. De este modo, el objetivo de un escrito psicoanalítico no podría coincidir plenamente con el objetivo de una comunicación científica, que nunca procura mediodecir nada sino, por el contrario, decir entero.

 

Notas:

1)
Este trabajo fue presentado en las VI Jornadas de Investigaciones de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires y es parte de la investigación “Función de exclusión del sujeto en producciones científicas contemporáneas” (Proyecto TP12, Programación UBACYT 1998-2000, Instituto de Investigaciones Psicológicas, Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires), de la que participan G. Arenas Peris, S.M. Cinzonne, J. de Olaso, M.E. Dinouchi, A. Eidelsztein, J.E. Nesis, A. Wyczykier y R. Courel (Director). .

2)
Alusión a una escena de Las mujeres sabias , de Molière.(T)

 

Bibliografía:


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