Una contribución desde el psicoanálisis al estudio de las emociones

A contribution from psychoanalysis to the study of emotions

Por Raúl Courel

 

(Publicado en Investigaciones en Psicología , Revista del Instituto de Investigaciones de la Facultad de Psicología, UBA, Año 10 – Nº1, 2005).

 

Resumen:

El desarrollo tecnológico actual renueva la confianza en los aportes de la biología para esclarecer los procesos psicológicos más complejos. Desde una perspectiva psicoanalítica, se hacen aquí consideraciones sobre las emociones, uno de los temas más atendidos por las neurociencias y la psicología actuales. Se señalan aspectos de las emociones que la psicología científica deja habitualmente de lado. Se muestran distinciones al respecto entre el ser humano inserto en el campo de la palabra y del lenguaje y otros seres vivos. Se distinguen las emociones de otros procesos psicológicos como afectos y pensamientos según el psicoanálisis. Se refieren tres dimensiones que éste tiene en cuenta al tratar las emociones: el cuerpo, el lenguaje y el goce. Se hace notar que en la ciencia actual predomina la búsqueda de parecidos en vez de diferencias entre los seres humanos y otros seres vivos. Se destaca que en los distintos tipos de proposiciones que se combinan en trabajos científicos se encierran elecciones subjetivas.

 

 

Summary:

The present technological development renews the confidence in the contributions of biology to the elucidation of the most complexes psychological processes. Emotions, one of the main subjects of today's neurosciences and psychology, are considered in general from a psychoanalytic perspective. It is shown that some aspects of subjectivity are abandoned by scientific psychology. From a psychoanalytic perspective, emotions are distinguished of other psychological processes such as affections and thoughts. It is considered that human being is inserted in a field of words and language, differently to what happens concerning other alive beings. Three dimensions are considered from a psychoanalytic point of view concerning emotions: body, language and enjoyment. It is emphasized that sciences today do not seem to look for differences but for similarities between the human beings and other alive beings. It is called attention to the fact that the mixture of different kinds of propositions in scientific work includes subjective elections.

 

Palabras claves:

emoción - procesos psicológicos - psicoanálisis - organismo y lenguaje - cerebro emocional - subjetividad científica

 

Key words:

emotion - psychological processes - psychoanalysis - organism and language - emotional brain - scientific subjectivity

 

 

El potente desarrollo de las tecnologías para investigar en neurobiología promueve y alimenta una atención cada vez mayor a los procesos psicológicos. La tecnología actual permite observaciones y registros de datos microbiológicos y fisiológicos antes imposibles de efectuar. Ello estimula la confianza en que el aporte de esta vía al esclarecimiento de los procesos psicológicos más complejos proveerá no sólo conocimientos insospechablemente certeros sino nuevas y cada vez más eficaces utilizaciones en beneficio del bienestar y la salud.

Nuestro propósito será aquí considerar algunos aspectos de las emociones, a cuyo estudio convergen enfoques neurobiológicos y psicológicos.(e.g. DAMASIO, 1999) Tendremos en cuenta, para esta aproximación, la experiencia clínica del psicoanálisis en lo que a ellas respecta. Atenderemos a procesos que se presentan conexos y que nos permitirán plantear cuestiones sobre la subjetividad que la psicología científica habitualmente deja de lado. Procuraremos, de este modo, destacar aspectos del ser humano que los distinguen de otros seres vivos, vinculados a su inscripción esencial en el campo de la palabra y del lenguaje.

En las emociones, como veremos, se amalgaman componentes biológicos y psicológicos cuya consideración abre interrogantes sobre el alcance y los límites de las distintas disciplinas que convergen a su estudio. En primer lugar, notemos que las emociones se sienten o experimentan involucrando al cuerpo, específicamente: la fisiología del organismo y la motricidad. En eso se diferencian, por ejemplo, de entidades psicológicas como las ideas que, concebidas cartesianamente como es usual en la modernidad, son representadas distintas en su materialidad al organismo físico-biológico. La distinción se puede correlacionar con expresiones del habla común: mientras de las emociones decimos que “se sienten “ de las ideas decimos que “se piensan”. Agreguemos que el compromiso somático de las emociones está habitualmente referido en las definiciones, que lo consideran una condición inherente al estado anímico general desde que éste comprende reacciones orgánicas y motoras.(WARREN, 1970, 106. Real Academia, 514. VOX, 1978, 616)

Observaremos, en segundo lugar, que las emociones son estados que “se imponen” a nuestra conciencia y a nuestra voluntad, de manera que tanto su aparición como su desaparición escapan normalmente a nuestros gustos y decisiones. Esta característica se encuentra también en procesos psicológicos afines o próximos, como los afectos , los sentimientos y las pasiones , que tampoco responden a nuestro pleno arbitrio. Estos varios procesos, si bien afines y conexos, no dejan de distinguirse entre sí. Notemos que, aunque encontremos estrechas correspondencias (que podemos catalogar) entre estados emocionales y afectos, sentimientos o pasiones, conservamos las distinciones semánticas entre unos y otros.

Para entender los aspectos específicamente psicológicos de las emociones conviene tener en cuenta algunas de las diferencias que el psicoanálisis ha reconocido entre las ideas , representaciones o pensamientos , por una parte, y los afectos , por otra. Si bien las ideas “se piensan”, no “se sienten”, generalmente van acompañadas de un afecto o sentimiento que sí es reconocible como tal, con la particularidad de que éste puede cambiar. La calidad afectiva de una idea, en efecto, puede modificarse como consecuencia de la relación o asociación de ésta con otras ideas. Destaquemos que las ideas, que integran pensamientos y que no pueden prescindir de su representación en palabras, nunca están solas. Del mismo modo que las palabras, siempre se encuentran asociadas a otras ideas, vinculándose entre sí en cadenas y redes. El pensamiento, por otra parte, en el que las ideas se conectan entre sí, se encuentra en constante mudanza como consecuencia del acto de pensar. La materialidad de estas mudanzas consiste en conexiones entre ideas distintas y en la generación de otras nuevas, hechos que constituyen operaciones de lenguaje. En forma correlativa, además, cambian los afectos que el sujeto siente, sucediéndose, como consecuencia, cambios en los estados emocionales.

Nuestra tercera observación sobre las emociones concierne a una de sus características que coincide con una de los afectos. A diferencia de los pensamientos, que siempre están encadenados unos con otros formando redes, los afectos no hacen cadenas ni redes por si solos. Sin duda, a nivel neurobiológico y neurofisiológico, el estado de una zona del cerebro influye y es influido por el de otras, pero en el caso de los afectos éstos proceden de las significaciones de los pensamientos a los que están indisolublemente asociados.

Respecto a las incidencias sobre las emociones de factores no biológicos, el psicoanalista Jacques Lacan ha mostrado que la aparición de una emoción está vinculada a la significación del momento subjetivo en que se produce. “La emoción tiene su sentido” -señala- “en función del momento dialéctico en que se produce”.(LACAN, 1978) Su idea es que la causación de las emociones en el ser humano es inseparable de su inscripción en el campo del discurso, por eso expresa que en él ellas se manifiestan “tomadas en el hilo, en la red, de la retórica”.(LACAN, 1962) Esta perspectiva, agreguemos, es congruente con el concepto de Ferdinand de Saussure de que no puede haber pensamiento sin lenguaje.

Si los afectos son inseparables de las ideas y de las palabras que los provocan, las emociones pueden ser causadas por palabras dichas y escuchadas. Ellas, cabe decir, entran por el oído antes que proceder de procesos biológicos que se originan en el interior del organismo. Una buena noticia, en efecto, puede emocionar hasta las lágrimas, una mala entristecer hasta la melancolía y otra provocar enojo o ira. No es necesariamente errado decir que las emociones también “entran por los ojos”: si veo que alguien me amenaza puedo sentir miedo. No obstante, el elemento sine qua non causante de la emoción no es la imagen vista sino la significación que le atribuimos.

Cabe puntualizar que el concepto psicoanalítico de que la condición humana está anudada al lenguaje incluye al cuerpo. Esta idea se encuentra presente desde los orígenes mismos de esta disciplina en su intelección de los fenómenos histéricos conversivos.Posteriormente, Lacan subrayó que en el ser humano es preciso considerar al lenguaje “encarnado” en el cuerpo. No se trata de una metáfora, sino de la naturaleza misma del cuerpo en el ser hablante. El cuerpo del hombre -enseñaba- no es el cuerpo tal como nos lo representamos habitualmente, es preciso entenderlo como lenguaje “in-corporado”. De este modo, el cuerpo del ser hablante no se confunde con el organismo biológico, distinguiéndose en el hecho de que es un cuerpo hecho también de lenguaje.(LACAN, 1970, 18) Este concepto, agreguemos, interpreta no sólo el sentido de los primeros descubrimientos del psicoanálisis sino también el de otros más avanzados como, por ejemplo, el concepto freudiano de pulsión, cuya esencia consiste en la sujeción del cuerpo al campo de la palabra.

El psicoanálisis, en consecuencia, considera las emociones desde la particular perspectiva de un anudamiento entre el cuerpo y el lenguaje que incluye, además, un tercer factor que atañe al placer o displacer involucrado y que ha sido teorizado por Lacan como goce . Éste último posee características específicas que no trataremos aquí; sí señalaremos, en cambio, que el uso del término anudamiento no es casual. La articulación entre las dimensiones del cuerpo, el lenguaje y el goce ha conducido a desarrollos específicos de teoría de los nudos.(e.g. Lacan, 1975. Vappereau, 1988) El estudio del carácter real de la relación entre el campo de las ideas (no físico), el campo del organismo biológico (físico) y el campo del goce constituye, en efecto, una materia de trabajo cuyo interés el psicoanálisis ha señalado.

Detengámonos ahora en el papel del sujeto ante las emociones, ¿de qué modo él las interpreta?. Señalemos que la calidad afectiva que acompaña a cada idea puede ser clasificada en una escala que transita entre el placer y el displacer. Nuestro aparato mental, como fue advertido desde el comienzo en el psicoanálisis, procura evitar el displacer y lo hace a través de varios mecanismos. El mecanismo de la represión, concebido por Freud, consiste, elementalmente, en mantener alejadas de nuestra conciencia aquellas ideas o representaciones que tienen la capacidad de provocar malestar o displacer. De este modo, la represión recae sobre ideas, no sobre afectos. Este proceso, sin embargo, no asegura el éxito en evitar el displacer o la generación de estados emocionales desagradables, ya que éstos pueden emerger asociados a ideas distintas a las primeras o, incluso, de manera independiente a ellas. Esto último sucede en la angustia o en malestares o trastornos corporales denominados en psicoanálisis conversiones . Freud se vio pronto llevado al descubrimiento de que el principio de placer no es suficiente para la explicación de los hechos psíquicos, postulando un “más allá del principio del placer”, que permite abordar la adhesión o apego que tiene el yo al sufrimiento y al malestar.(FREUD, 1920, 1-62) La clínica ilustra hasta qué punto las inclinaciones al placer y al displacer se combinan de diversas maneras en nuestra vida mental.

Destacaremos ahora que las emociones, al mismo tiempo que escapan a nuestros designios, se hacen objeto de nuestros anhelos de control. La humanidad se ha ocupado siempre de ellas tanto para celebrarlas como para prevenirse de sus consecuencias. Spinoza, por ejemplo, expresaba en su Ética que la verdadera servidumbre no es la que nos somete a otras personas sino otra sobre la que ésta se asienta, que es “la impotencia del hombre para gobernar y reducir sus afecciones”.(SPINOZA, 1677, 255) Francis Bacon, en un bello ensayo sobre la cólera, recuerda que la Sagrada Escritura dice “Encolerizaos, pero ... que el sol no se ponga sobre vuestra cólera”. Tras reconocer que “querer ahogar en el pecho todo germen de cólera es una pretensión descabellada, digna de un estoico”, Bacon indicaba que “se le deben poner límites o, lo que es lo mismo, se deben moderar sus movimientos y abreviar su duración”.(BACON, 1597, 4552) Por lo tanto, consideraba a la cólera como una flaqueza de la que suelen ser víctimas los individuos más débiles, a saber: los niños, los ancianos, los enfermos y las mujeres.

Es interesante mencionar también que Aristóteles incluía entre las pasiones o afecciones al deseo, la cólera, el temor, el atrevimiento y la envidia, la alegría, la amistad, el odio, el pesar, los celos, la compasión y todos los sentimientos que producen dolor o placer. El estagirita consideraba que todas ellas son capaces por sí solas de provocar emociones, a diferencia de las virtudes , como la prudencia, a las que no les concedía el poder de emocionar. Pero Aristóteles no pensaba que las pasiones o afecciones fueran malas ni buenas en sí mismas, indicando que serán buenas si se mantienen en su justa medida y que eso depende de la “virtud”.(ARISTÓTELES, 63) Señalaba también que “las pasiones de los intemperantes se dirigen siempre en sentido opuesto al que pide su razón”.(ARISTÓTELES, 52)

El propósito de gobernar las emociones se vincula, evidentemente, a que ellas desordenan, incomodan o generan inconvenientes, de donde resultan, por una identificación entre la razón y lo conveniente, calificadas de básicamente irracionales. Sin embargo, no siempre son vistas de este modo. Un diseñador de modas expresaba en un reportaje que todo aquello que motoriza su vida “es el ansia de tener emociones”, y agregaba que debe a este reconocimiento que no le molesten “las arrugas de la cara”.(PIÑA, 1996, 585) Poco hay en eso de la idea de que la verdadera libertad consiste en el control de las propias emociones, que constituye una de las clásicas conclusiones de la reflexión ética desde siempre. De todos modos, la idea de que la irracionalidad y la emoción van de la mano ha sido común en el pensamiento de los hombres.

En el afán de gobernar las emociones se ha procurado recurrir a los mismos medios que las encienden, por ejemplo: la música. La idea de que la música provoca emociones y que también las apacigua es tan antigua como la humanidad. Ese era el concepto de Pitágoras, que descubrió que los acordes musicales corresponden a proporciones simples y que era por lo tanto posible, mediante una fórmula numérica, lograr la harmonia capaz de inducir orden y moderación entre las muchas cosas que mostraban apeiron. Este último era el término griego usado para referir lo indeterminado.(BERNHARDT, 1973, 32-33) De modo que la música, antes incluso que la poesía, fue considerada un recurso adecuado para manejar lo indeterminado y escurridizo de las emociones. Con criterio similar, hoy la psicología infantil se ocupa de destacar que la canción de cuna cumple su función a partir de que para dormir se necesita paz o armonía emocional y de que aquella es capaz de producirla.

Cabe aludir también a la función psicológicamente activa de las emociones. Cuando alguien está emocionado solemos decir en español que está “conmovido”, o “sacudido”. La raíz de la palabra “emoción” es el verbo latino “motere”, que quiere decir “mover”, mientras que el prefijo “e” refiere alejamiento. Esta “e” de la palabra emoción sugiere entonces no el movimiento sino su detención. La doble referencia sugiere ese aspecto de la emoción que consiste en la irrupción de algo perturbador, que no favorece nuestra potencia sino que la obstaculiza o limita. El ejemplo clásico es ofrecido por el terror, que paraliza, de modo que si no es dominado cuando hace falta el sujeto puede depararse con un serio problema. El terror, en efecto, es una emoción cuyo dominio puede tornarse imperativo desde el punto de vista de la sobrevivencia, precisamente porque inmoviliza. De allí en adelante tenemos ejemplos de varios tipos, incluyendo la impotencia sexual.

Se ha observado que la excitación sexual se detiene o no llega a desarrollarse si el sujeto está emocionado o conmovido, ya sea debido a tristeza, dolor o euforia. Un paciente recuerda de su infancia el temor que se había extendido entre las mujeres de su barrio ante las noticias de un violador que la prensa bautizó de “sátiro de la carcajada”. Los títulos periodísticos al estilo de “El sátiro de la carcajada atacó una vez más”, o “El sátiro de la carcajada viola a madre e hija”, habían alimentado la idea de que el sátiro se desternillaba de risa mientras consumaba sus ataques sexuales. Sin embargo, si se considera que un estado emocional demasiado intenso puede obstaculizar la excitación sexual, es probable que las supuestas carcajadas del sátiro no fueran soltadas mientras cometía las violaciones sino, en todo caso, antes o después de ellas.

La inclinación a buscar parecidos en vez de diferencias entre los seres humanos y otros seres vivos es un rasgo habitual en la actitud subjetiva de los científicos contemporáneos. Con esta perspectiva, la emoción suele ser pensada como un “motor”, o un “comienzo de movimiento”, que tiene el carácter de una reacción adaptativa, esencial para la perpetuación de la vida. El supuesto está presente en numerosas investigaciones sobre las emociones. Se razona, por ejemplo, que el miedo a chocar cuando la autopista está resbaladiza lleva a una prudente reducción de la velocidad. No obstante, se advierte también que el temor puede dar lugar a reacciones distintas a las convenientes, en cuyo caso el sujeto finalmente se arrepentirá de cómo actuó. Cuando esto último sucede, el arrepentimiento, que no es un sentimiento animal, es considerado, de todos modos, como uno que finalmente cumple una función al servicio de la vida. Se procura mostrar, por ejemplo, que gracias al arrepentimiento se pueden corregir conductas en el futuro con miras a una mejor adaptación.(cf. Damasio, 1999, 35-81) Estos razonamientos, sin embargo, no tienen en cuenta la reiterada observación de que el arrepentimiento está en la generalidad de los casos asociado a aspectos psicológicos morales y a otros afines (por ejemplo: ideales), no a requerimientos de la vida.

El pensamiento de que las emociones están en verdad sujetas a procesos que se sitúan más allá de necesidades vitales puede ser reconocido en diversos ámbitos de la cultura. Orson Welles, por ejemplo, decía que “cuando se va en avión sólo existen dos emociones, el aburrimiento y el terror”.(WELLES, 1985) Si el viajante es un simio podrá sentir terror o no, pero seguramente no sentirá hastío, que es sin duda una emoción humana. Un ejemplo distinto aunque no menos significativo es ofrecido por la búsqueda de emociones en el peligro, existente sólo en los seres humanos, que muestra hasta qué punto ellas pueden ser puestas al servicio no de la vida sino de su pérdida.

Si bien la inclinación a explicar las emociones considerando que cumplen un papel biológico similar en humanos y en animales es la acostumbrada, debe reconocerse que se identifican otros factores. En algunos trabajos se encuentra, junto a proposiciones que proceden de elaboraciones consideradas científicas, conjeturas y reflexiones de otros órdenes, a veces especulativas o ensayísticas, que pueden ser integradas al pensamiento no por su cientificidad sino porque la doxa que prima en las comunidades científicas no las rechaza. Un difundido libro de Daniel Goleman titulado “La inteligencia emocional” permite ilustrar una perspectiva que es común en la ciencia actual respecto de las emociones.(GOLEMAN, 1996) El autor relata, en el inicio de esta obra, el siguiente hecho, del que señalará que había quedado vivamente grabado en su memoria en su infancia: el conductor de un autobús en Nueva York recibía a los pasajeros, que subían al vehículo con caras tensas y avinagradas, saludándolos cordialmente y hablándoles animadamente acerca de los lugares por donde pasaban y de otros temas livianos y alegres que contagiaban a los pasajeros de buen humor. Las caras cambiaban progresivamente y cuando finalmente los pasajeros descendían del vehículo lo hacían sonrientes y distendidos. Goleman se refiere a ese conductor como a un “formidable pacificador urbano”, haciendo notar “su capacidad para transformar la hosca irritabilidad que acumulaban sus pasajeros, para suavizar y abrir sus corazones”.(GOLEMAN, 14).

Es indudable que el humor, siendo bueno, es causa de alegría, aunque no sea la única que ésta tiene. Se acepta generalmente que la primera de todas ellas es el amor, como indican estos versos de Lope de Vega: “Quien no me quiere alegrar/ No me debe de querer”. Viene al caso, porque ha sido ya reconocido como conocimiento psicológicamente sostenible que muchas alegrías, que en apariencia carecen de causa determinada, se deben al amor, sea porque lo hubo en abundancia en los primeros años de vida, sea porque lo hay ahora, aun cuando sea escondido. Pero el pensamiento de Goleman no tiene lugar en el siglo XVI sino hoy, cuando resulta normal y esperable que él defina la emoción de una manera inimaginable para Lope de Vega, por ejemplo, como “disposición definida a actuar”, para destacar “el valor de supervivencia de nuestro repertorio emocional”, como corresponde a consideraciones propias de una fisiología de las emociones.(GOLEMAN, 22)

Dejaremos de lado el hecho, aunque no sin mencionarlo, que los versos referidos de Lope de Vega podrían contribuir a elaborar una hipótesis distinta para explicar el éxito de las palabras del conductor sobre el humor de los pasajeros. La de Goleman, si bien reconoce la función que tiene el humor sobre las emociones, deja sin examinar un aspecto específicamente psicológico: el hecho de que tanto la acción humorística como sus efectos se desarrollan inevitablemente en el campo discursivo. En efecto, sea que se trate de chistes, chanzas o comentarios considerados alegres, en el humor operan palabras dichas y escuchadas, de modo que se está en el campo del sentido, esto es: de la palabra y del lenguaje. Este aspecto tangible del humor puede ser observado, registrado y estudiado, según subrayamos, con independencia de parámetros biológicos o neurofisiológicos.

Nuestra hipótesis es que la suposición de que el buen humor cumple una función al servicio de la vida motorizado por procesos biológicos no es indispensable para un análisis concreto de los datos, aunque sea una premisa del pensamiento del autor. Notemos que este último no presta atención a la consistencia discursiva del humor sino a datos que provienen de investigaciones neurológicas llevadas a cabo gracias a las nuevas tecnologías de investigación neurológica, aunque ellos sean lejanos a la materia –discursiva- que acaba de describir y registrar.

Hacemos notar que en momentos varios de su trabajo científico, el investigador realiza elecciones que no son exigidas necesariamente por su método. En algunas ocasiones, seguir un camino tanto como otro puede estar igualmente justificado. Respecto al caso del conductor, por ejemplo, se podrían haber considerado, aunque no se hizo, los descubrimientos de Freud acerca de los mecanismos que regulan las emociones que, dicho sea de paso, Goleman conoce y cita a menudo. El texto básico del psicoanálisis para estudiar los efectos del humor sobre las emociones es el “El chiste y su relación con lo inconsciente”, editado en 1905. Freud desmenuza allí lo que denomina “técnica del chiste”, así como los mecanismos psicológicos de lo cómico y del humor, es decir: de aquello que hace reír y causa alegría. Su idea es, resumidamente, que frente al displacer el humor es “un recurso para ganar el placer a pesar de los afectos penosos que lo estorban”.(FREUD, 1905, 216) El humor permite, mediante pensamientos -a saber: asociaciones de ideas - “ahorrarse los afectos a que habría dado ocasión la situación y en saltearse mediante una broma la posibilidad de tales exteriorizaciones de sentimiento”.(FREUD, 1905, XXI, 158) Es el caso –relatado por Freud- del condenado a muerte que al ser llevado al cadalso exclama: “Vaya, que bien empieza la semana”. La clave de la broma no implica que el sujeto desconozca la dura e inapelable realidad, sino que no se deja dominar por las emociones que habrían de corresponderle. En esto el humor se distingue del mecanismo de la represión, concebido también por el psicoanálisis, por el que sí se produce un efecto de desconocimiento.

La atención que se presta a las emociones y a los afectos suele vincularse, además, a la idea de que son la expresión de aspectos verdaderos de nuestra realidad interior. Puede considerarse que los afectos y las emociones, a diferencia de los pensamientos, que pueden disimularse entre otros incluso para su mismo pensador , no engañan respecto a nuestras realidades íntimas. El psicoanálisis ha mostrado que la angustia –cuyo nudo carece de representación significante- es un afecto que “no engaña”. No ha llegado a la conclusión, sin embargo, de que por eso ofrezca un acceso cabal a una supuesta verdad verdadera del ser humano. Lacan, por ejemplo, que ha reconocido que “con la emoción surge lo real”, no creyó por eso que ella encierre una verdad ultima del sujeto, no supuso que los afectos expresan una especie de sujeto “en bruto”, tampoco que afectos y emociones sean formas subdesarrolladas o protopáticas de la psique, ni procesos mentales inferiores en comparación con el pensamiento “hecho de ideas”.(LACAN, 1953, 331) Cabe agregar que el psicoanálisis, en verdad, no puede hacer con afectos o emociones otra cosa que tomarlos en el plano de una interrogación en el campo de la palabra. Por eso, para él se trata, dentro del dispositivo psicoanalítico y en primer término, de hablar de ellos.

Hemos sugerido que la episteme dominante en nuestro tiempo escasamente concibe la posibilidad de avanzar en el saber sobre las cosas humanas sin conceder primero que todo es reducible finalmente a materias físicas, y que cualquier alejamiento de esta fuente debe ser seguido de un retorno a ella. La estructura misma del libro de Goleman ilustra esta apreciación. Observemos, por ejemplo, que el título de su primera parte es “El cerebro emocional”; dentro de ella, el de uno de los capítulos es “Anatomía de un asalto emocional”, y el de la quinta y última parte es “Alfabetismo emocional”.(GOLEMAN, 1996, 9-10) La sucesión de títulos refleja características de la teorización misma, que se desliza entre temas propios de la fisiología del cerebro y otros definidamente psicológicos como “mente emocional”. El autor se refiere así a esta última: “La lógica de la mente emocional es asociativa ; toma elementos que simbolizan una realidad, o dispara recuerdos de la misma, para ser igual a la realidad. Es por eso que los símiles, las metáforas y las imágenes hablan directamente a la mente emocional, lo mismo que el arte: novelas, poesía, canciones, teatro, ópera” .(GOLEMAN, 1996, 337)

En otro lugar, Goleman afirma: “El cerebro emocional está sumamente sintonizado con significados simbólicos y con lo que Freud llamaba ‘proceso primario': los mensajes de la metáfora, el relato, el mito, las artes”.(GOLEMAN, 1996, 245) El autor entra aquí en un campo de lenguaje donde las realidades no son físicas sino de “ficción”. Sin embargo, en vez de avanzar por ese camino, ensaya reflexiones socio y psicobiológicas sin plantear los problemas epistemológicos implicados.

Nuestro propósito aquí ha sido sugerir una posible aproximación en el estudio de las emociones a las disciplinas que se ocupan del lenguaje distintas a las que estudian las materias que llamamos físicas . Estas últimas han demostrado empíricamente su eficacia y utilidad en un extenso número de asuntos y buena parte de ellos son de indudable beneficio para la vida humana. No obstante, en la medida en que nos ocupamos de los problemas que llamamos comúnmente anímicos , las cosas no han marchado ni marchan tan bien. Las ciencias físicas, incluyendo a las neurociencias, no han sido eficaces en la atención de los problemas psicológicos que presentan las emociones, cuyos “humores” esenciales –cómo procuramos mostrar- no son los del organismo biológico.

Para concluir, a propósito de la opción, subjetiva, de un camino de investigación sin que se pueda dar por demostrado que él sea mejor que otro, se ve el papel que juega allí el concepto imperante acerca de qué significa ciencia . Goleman observa que en la época en que sucede su experiencia infantil con el chofer de ómnibus “la ciencia psicológica sabía poco y nada de los mecanismos de la emoción”.(GOLEMAN, 1996, 14) Por nuestra parte, hacemos notar que esa afirmación es válida sólo si se considera que el nombre de “ciencia psicológica” no puede incluir en su esfera referencial los hallazgos y desarrollos del psicoanálisis. La acepción que damos a las palabras no es ajena a nuestras ideas en el terreno de las ciencias. Éstas procuran, con toda evidencia en la modernidad, morigerar los efectos de ignorancia inducidos por la equivocidad de las palabras, pero las posibilidades que tienen de lograrlo encuentran un límite en que el sujeto toma las cosas por su nombre y en que no puede evitar las consecuencias de la real índole del nombrar. Para mostrarlo, valgámonos de una metáfora.

Está escrito en La Biblia, que en el inicio, tras crear los cielos y la tierra y hacer la luz, Dios separó a esta última de las tinieblas nombrándola “día”, mientras llamaba a aquellas “noche”. Pero no nombró todo, le dejó ese trabajo a los hombres. Leemos en el versículo 19 del capítulo 2 del Génesis: “... Jehová Dios había formado de la tierra todo animal del campo, y toda ave de los cielos, y los había traído al hombre para ver cómo los llamaría; y todo lo que el hombre llamaba sucesivamente a cada alma viviente, tal fue su nombre”.(SANTA BIBLIA, 6)

Destaquemos en lo referido que la Biblia no ofrece a Dios como justificación para liberar al hombre de la responsabilidad que le confiere el hecho de que él mismo nombra y concibe, puesto que es él quien llama a cada cosa de tal o cual forma. Proponemos considerar que tampoco la ciencia exime al investigador de la responsabilidad que le cabe a partir de que él también nombra, acción inevitable tanto en el interior de su hacer científico como en la comunicación que hace de éste.

 

 

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Publicado en Investigaciones en Psicología , Revista del Instituto de Investigaciones de la Facultad de Psicología, UBA, Año 10 – Nº1, 2005, Buenos Aires, pp. 19-32.